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Nadie cuestiona que la dimisión de Eliot Spitzer, gobernador de Nueva York, está más que motivada: el azote de las redes de prostitución en ese Estado, el mismo que hasta el momento de su renuncia encabezaba los cuerpos de élite de la lucha contra el fraude fiscal, no podía soportar -al menos políticamente- que se hiciera pública su relación más que habitual, digamos enfermiza, con una cortesana. De nuevo se repitió la escena Hillary & Bill, una mujer inexplicablemente resignada al fracaso de su pareja, mirándolo con ojeras en una rueda de prensa y haciendo ver un incondicional perdón y respaldo. Cosas de yanquis.
Aquí, salvando las distancias, las cosas no son tan distintas. Vale, aún no se ha destapado ningún escándalo sexual de los Rivero, Martín Menis o hermosos. Pero los tiros van por otro lado, aunque siguen la misma trayectoria. Igual que Spitzer, los nacionalistas canarios se han empeñado en defender desde hace años lo que ellos mismos se resisten a practicar.
A los ojos de muchos, resulta tan obsceno el caso Lewinsky como que Paulino Rivero se empache de elogios a la educación canaria, que inexplicablemente la descuide y que luego mande a sus hijos a estudiar a la península. Suárez Trenor, afín al régimen canario, también eligió colegios británicos de pago -inalcanzables para la mayoría de los canarios- para su prole, quizá en un intento de transformar a su descendencia en una especie de harry potters que hicieran desaparecer, graduado en mano, todos sus problemas.
Intenten descubrir cuántos altos cargos de los que defienden lo nuestro han decidido dar a sus retoños una educación regional. Hace no tanto tiempo, Ana Oramas se mofaba en público del candidato a la presidencia Juan Fernando López Aguilar por no haber terminado sus estudios en esta tierra perdida en el océano. Llegó incluso a afirmar que aquí no queríamos a "un calculín" que "ha sacado matrícula de honor en todo", sino a gente "normal". A continuación, prometía que su partido acabaría con el fracaso escolar en Canarias. De verdad, a veces parece que la alcaldesa le da a la ayahuasca.
El caso es que mientras sus hijos están allá lejos cursando estudios, visitando su patio de recreo sólo por vacaciones -a veces con las nefastas consecuencias que todos conocemos-, el grueso de los canarios se ve obligado a recurrir a una educación pública que, aunque todavía no es mala del todo, ha sido abandonada por el Gobierno. El conflicto laboral del profesorado de secundaria se ha transformado en algo cotidiano, pan de cada día: se la han intentado jugar de una forma y de otra, con irregularidades en los concursos de cátedra, aplazando la homologación hasta el infinito... Total, para qué. Pues para gastar luego sus inflados salarios en que sus hijos, una suerte de niñatos consentidos jugando al monopoly en Canarias, tengan una educación pagada en centros privados de Centroeuropa. Unos colegios, todo hay que decirlo, en los que el profesorado cobra algo más que el canario, homologación incluida.
Spitzer y Clinton, al lado de todos estos, son unos santos. Porque son víctimas de la doble moral estadounidense, aunque políticamente hayan cumplido todos sus objetivos. Aquí, por el contrario, nuestros líderes no cumplen sus metas y salen impunes de cualquier juicio ético, sin contar el que les marca su propia conciencia, si la tienen. Aquí da igual que seas un borracho o un putañero, algo que está muy bien; pero también da lo mismo que abandones tus responsabilidades políticas. Y eso, aunque tengas a la estirpe a salvo en el Eton College, está mal. Muy mal.
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publicado el 21 Noviembre, 2008 en elmundo.es (0) comenta
publicado el 20 Octubre, 2008 en noticanarias.com (0) comenta
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