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Érase una vez un Andrés, un Andrés ceache. Hombre conocido en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife y del que muchos rumores o cuentos –a gusto del lector-, corrían de esquina en esquina, de plaza en plaza, y de bar en bar. Periodista y escritor a tiempo parcial, contaba también historias, pero lo hacía en medios de comunicación prestigiosos, en un gran periódico que se llamaba El Día, en una radio que fue Burgado, y en libros con magos y gallos que se vendieron muy bien, y luego ya no.
Tenía gustos peculiares Andrés, por nombrar algunos: le gustaban los empresarios de enjundia, los poderosos, los ricos, los más ricos… ya fueran cazurros peninsulares, o magos canarios, y le entristecía sobremanera que se atacara injustamente a sus amigos con mentiras en juicios populares, juicios –por otra parte-, para los que él nunca se prestó. También le atraía la política, pero no para ejercerla dando la cara, sino más bien para organizarla desde la barrera periodística, Día a Día. El nacionalismo era su orientación; el canario, pero sobre todo, el español ¡Arriba España!
En abril del 2008 andaba Andrés furioso con algunos temas de actualidad, quizá porque la actualidad ya no le gustaba. Para él, tiempos pasados siempre fueron mejores, tiempos de respeto, de paredes blancas, limpias, sin graffitis de mierda, de ¡Señor sí señor!, de anillo con sello familiar y chofer puntual. Porque ésa era otra cosa que le molestaba mucho en el 2008, la impuntualidad de su chofer. El diez de abril de ese año, cerrando su columna diaria, escribía Andrés ceache: "…esta tierra es un asco, cada día lo tengo más claro".
Se le notaba al pobre harto de luchar contra las circunstancias, de ver que su mundo cambiaba y a él ese cambio le parecía una aberración. La izquierda se asentaba con unas recién ganadas elecciones en la política nacional. Los nacionalistas canarios caían con estrépito en cinco islas, y en dos aguantaban dando coletazos como ballena a la deriva. Sus amigos poderosos se hundían en crisis ladrilleras y cohechando playas, y hasta el jet privado uno, y el campo de golf otro, debían vender para aguantar la desaceleración. En su ciudad natal y querida, El Puerto De la Cruz, le negaban un expediente de honores en beneficio de Juan Cruz, escritor y periodista tinerfeño, más conocido que él y mejor valorado a nivel nacional.
Con todo esto, y con algunos problemas de salud también, en esos meses de febrero, marzo, abril… del 2008, Andrés ceache no pasaba por uno de sus mejores momentos, al menos, eso es lo que parecía; al menos, eso es lo que se contaba o rumoreaba –según el narrador-, por esquinas, plazas, y bares. Hasta aquí llega este cuento. Lo último que oyó este humilde escribiente acerca de este conocido Andrés, es que por esa época estaba pensando seriamente mandarse a mudar a una tierra digna de su gloria pasada. Quizá alojarse indefinidamente en un hotel de Nueva York, de Miami o, por qué no, de Madrid. Donde pudiera seguir escribiendo desde la cama sobre magos, chisteras y conejos. Donde un lujoso coche –con chofer puntual-, lo esperase en la puerta del hotel todos los días para llevarlo a dar vueltas por lugares que no le dieran asco, donde no llegaran barquitos de papel con negros moribundos, y donde ciudadanos incultos, mediocres, y totufos –esta palabra le gustaba mucho-, no le perturbaran con nimiedades.
Érase una vez un Andrés, un Andrés ceache… y colorín colorado, este cuento -por fin-, se ha acabado.
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publicado el 21 Noviembre, 2008 en elmundo.es (0) comenta
publicado el 20 Octubre, 2008 en noticanarias.com (0) comenta
Comentarios
Está bonito el cuentito, pero hay más personajes y personajillos que el mencionado ¿individuo?
Poco a poco Camilo, poco a poco...
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