Soy un ciudadano, amante de la belleza en general y de la naturaleza
muy en particular, que no está vinculado a ninguna asociación
ecologista, pero que, alarmado ante la pérdida acelerada del paisaje
característico del sur de Tenerife, ha decidido intentar, por todos los
medios, dar a conocer la existencia de algunos enclaves de este Sur que
se muere. Tal vez, si todos los conocemos un poco mejor, aprendamos a
amarlos y a respetarlos, antes de que desaparezcan para siempre. Este artículo fue publicado en la revista
digital Bionet hace unos dos años. El paisaje del que habla está
virtualmente sentenciado y en esos dos cortísimos años se ha destrozado
casi todo lo que quedaba. Se ha llevado a cabo el tendido eléctrico que tantos apretones de manos generó y que tanto
pecho de orgullo llenó, destrozando para
siempre su belleza.
Aunque ya desde niño he sufrido profundamente con cada herida con que estamos matando nuestra isla, no he hecho esto antes porque, lamento reconocerlo, en mi fuero interno hace ya mucho tiempo he creído que la línea de no retorno había sido cruzada y que ya no había nada que hacer para salvar el Sur.
Ese Sur, seco y relajante, donde muchos hemos pasado tantos fines de semana o vacaciones. Dominio, como saben de sobra, de la tabaiba dulce, es una zona comparativamente llana, aunque bellísimamente salpicada de resaltes de terreno por todas partes. También es la más seca.
Es sin duda por esta sequedad que ha sido ignorada y despreciada de forma tradicional. Pero gracias también a ella, se ha conservado milagrosamente, en contraste radical con el lado norte y a través de los siglos, una cantidad importante de manchas del paisaje original, tanto en términos de vegetación como de elementos geomorfológicos. Quizá un 20%, sumando todos los fragmentos dispersos (unos 40 kilómetros cuadrados).

Sin embargo, ambas cualidades, llanura y sequedad, la convierten en blanco fácil y apetecible de la expansión humana. Resuelto el problema del abastecimiento de agua y convertido en zona demandadísima para vivir, por todas partes se remueven a diario toneladas de tierra, destrozando tanto la zona de donde se extrae como la zona a la que se vuelca.
Sin menospreciar, estaría bueno, el pinar y la alta montaña, maravillosas zonas de la isla que ya figuran como protegidas y son archiconocidas, el esfuerzo por dar a conocer la belleza natural de la isla tiene que centrarse en el Sur. Quedan unos 40 kilómetros cuadrados, que es lo mismo que nada. Y es que la percepción que tenemos los isleños del tamaño del mundo está distorsionada por el hecho, de perogrullo, de vivir en una isla.
Esos cuarenta kilómetros cuadrados de tabaibal-cardonal de zonas bajas no sólo contribuyen, completan y enriquecen al conjunto paisajístico de la isla, sino que además constituyen un entorno absolutamente único en el mundo, irrepetible. Su valor es inconmensurable, pues es lo único que queda de nuestra esencia y lo estamos cambiando enloquecidamente por cemento y asfalto.
No soporto la idea de tirar la toalla y contemplar como toda la frágil belleza que tanto amo desaparezca irremediablemente y para siempre en un plazo de tiempo absolutamente asombroso. Estoy decidido a hacer lo imposible para que, al menos, algunos parajes del sur de nuestra isla, no incluidos en ninguna de las categorías de espacio natural protegido, sean conocidos, amados y a la postre salvados.
El drama del Sur es la tendencia a hacer equivaler Naturaleza con zonas de montaña y bosque. De la misma forma, la corriente de pensamiento más extendida a la hora de referirse al paisaje del sur de nuestra isla es sencillamente considerarlo una zona fea, marrón, seca y sin valor. Con suerte, hay quienes piensan que ya se ha construido demasiado y que lo ideal sería destinar el suelo de nuestro sur a hacer campos de golf.
¿Pero es que no hay nadie que sea capaz apreciar la profunda belleza que entrañan los tabaibales-cardonales del sur tinerfeño, casi primigenios, en muchas zonas y de darse de cuenta de que existen aquí y sólo aquí? ¿Y de que el día, próximo sin duda, en que dejen de existir nunca más volveremos a verlos? Los diferentes enclaves, rodeados por proyectos y ampliaciones de todo tipo y sin conexión física entre ellos, están amenazados sin excepción.
El cuadro de la fragilidad de estos parajes queda completado si consideramos la facilidad de acceso a ellos, puesto que son zonas llanas, y su aún más fácil posibilidad de desmonte.

Todas las zonas pobladas se están expandiendo, de forma simultánea y en todas las direcciones, hacia las demás, y siempre a costa de lo único que no le importa a nadie. En este sentido, la información recogida sobre la situación ambiental de la isla se queda desfasada casi antes de publicarla.
Pues bien, existe un pequeño paraje virginal y sorprendentemente desconocido, de unos 400.000 metros cuadrados, que es un verdadero paraíso. Se encuentra enmarcado dentro de una zona mayor, todavía sin construir aunque más degradada, de unos 4 kilómetros cuadrados, delimitada por las poblaciones de las Chafiras, Guargacho, Amarilla Golf y Costa del Silencio.
El enclave es surcado por blancas lenguas de depósitos ácidos (pumitas, piedra tosca) que parecen haber eludido milagrosamente todos los trazados de carreteras y han permanecido perfectamente aisladas de casi toda acción humana. Entre estas lenguas se forman unos pequeños valles arenosos y mucho más verdes, básicamente poblados por viejas tabaibas dulces de gran tamaño y balos.
Hay además, una gran diversidad vegetal, con algunas especies endémicas poco frecuentes en la zona, como la Neochamaelea Pulverulenta.

En cuanto a la ornitofauna, hasta hace sólo diez años se podían observar frecuentemente algunas especies de las llamadas aves esteparias como las, hoy ya amenazadísimas, si no extintas en la zona, terrera marismeña, camachuelo trompetero o alcaraván. El paraje servía además de zona de paso de multitud de
aves, de las que las más representativas y abundantes eran, hasta hace dos años, cuando las máquinas comenzaron a excavar (¡por todos lados!) garcetas comunes y las impresionantes, con más de 2 metros de envergadura alar, garzas reales.
La pérdida de este paraje, uno de los más bellos de este tipo, es inminente . He decidido moverme y "molestar" todo lo que haga falta y a tantas personas como haga falta para despertar algunas conciencias o animar a otras, ya despiertas pero que no suelen tener fe en que este tipo de luchas se vaya a ganar.
Pero no le queda prácticamente nada de tiempo, ante la indiferencia absoluta de casi todos. Situado en el linde de una zona urbana, Las Chafiras, la ampliación de este barrio ya ha comenzado a invadirlo.
Siento una gran pena en comprobar que, para ubicar la escombrera municipal de San Miguel, se ha escogido un sector de este paraje donde se encuentra una de las más espectaculares formaciones naturales de piedra tosca, generada por erosión sobre coladas de lava ácida y que está a punto de ser sepultada bajo el peso de los escombros.
No es mi intención sostener posturas radicales, sólo llevan a la desconfianza por parte del grueso de la sociedad. Se trata de dar a conocer algunos enclaves y otorgarles su justo valor. La mejor forma de valorizarlos es que se integren dentro de la planificación del suelo, dándoles algún tipo de uso, lúdico o educativo. Y debe ser ahora, porque dentro de 10 años ya no existirán.
Comentarios
Me he emocionado con este artículo y a veces pienso, que cada uno de nosotros podría hacer algo más por salvar un trozo de isla del monstruo del ladrillo, aunque sólo sea gritar.
Se les acabó la costa amigo De Andrés..... El monstruo especulador sube al interior. Me gustó el artículo. Sobre todo por la defensa sin radicalismos de nuestra naturaleza. Está lo suficientemente razonado para evitar que nadie caiga en la tentación de pedir que "nos comamos los tabaibales". Creo que en esta Isla en los últimos años nos ha faltado un ecologismo coherente. Un ecologismo que defienda la Naturaleza pero que permita encontrar el espacio al desarrollo. Un ecologismo que abandone su "no a todo".
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