Quisiera uno decir más sobre la efímera pero intensa y fructífera estancia en La Gomera, y se encuentra enfrascado ya en las labores laborales del exilio en la FuerteAventura. Al tajo, que diría alguno.
Ya son un recuerdo los besugos, los roncadores y el mareo de la última noche de pesca en el barco de Eugen. Y son historia las exquisitas piñas de millo que me regalaran Carlos y Fara y que me endosé a razón de tres al almuerzo y tres a la cenea cada día hasta que quedó huérfano el caldero.
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Volver a la Isla Colombina. Ir al muelle deportivo y embarcar. Soltar amarras y navegar. El baño y la bicuda vienen por añadidura, que la nave va bien provista de cañas, carretes y rapalas.
Hay sol, nubes, lluvia, tierra, aire y mar.
El aire de siempre, por no decir viento, sopla como siempre en San Sebastián. Los niños Selene y Adriano chapotean a sus anchas en su existir y sus padres a trompicones lo sobrellevan y siguen.
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Ya no quiero ser uno de los altos cargos del Gobierno de Canarias, que les han congelados los sueldos. Prefiero ser el guardián de la Plaza de Todos, digo de la Plaza de Toros, que al parecer, con muy buen criterio, no perderá su semblante. Una por los chicharreros y ese arquitecto, su hijo y el amigo, que entre más de una treintena de proyectos supieron métersela doblada a más de uno que pretendía derribar el inmueble.
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Anoche tuve un sueño, y no era un sueño de grandeza ni un onírico despertar a un mundo mejor para toda la humanidad. Anoche soñé (sin la bendita ilusión) que aparecía en el Teide nevado con Julio Mena y pernoctábamos en algún chalé de Las Cañadas y amanecíamos con el jolgorio de una cuadrilla de opararios que iba a quitar la nieve de la carretera para que los domingueros pudieran llevar a sus hijos a comer tortilla y deslizarse sobre plásticos por las níveas cuestas de Montaña Blanca.
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