Supongo que no hay nadie en este mundo que no conozca el chiste del cura que se sentía muy feliz con cosas tan sencillas como su cafecito y su rosario, y que terminaba al final diciendo: “¡Rosario! ¡Tráeme el café!”. En casa lo oíamos un día sí y otro también a mi padre porque mi madre se llamaba así y él era, como el cura, adicto a las dos cosas.
El sistema Ponzi y la privatización
Una
historia
Hoy estuvo en el centro un alegre jubilado. Obvio contarles de su alegre semblante, de su risa sincera y de su figura relajada y serena. Nada de nervios, crispaciones y sobresaltos de su , hasta hace poco, trabajo diario. ¡Ay, la envidia sana- o no tan sana- que me corroe al pensarlo!. Recuerdo su último curso como si fuera ayer...para empezar, no se alteró un ápice, y cuando lo hizo, recuperó rápidamente su compostura, sabedor ya de que su tiempo de aguantar chiquillerías, estupideces varias y altercados juveniles, tocaba a término.
Llevo diez días jubilada, disfrutando de la vida sin horarios, sin prisas, sólo las que te marca la propia vida, y son muchos los lujos de verdad, no de relumbrón, que me han caído encima como una lluvia sanadora.
Mi hija, mi yerno y mis nietos se han venido a vivir a mi casa estos dos últimos meses, mientras les acaban las obras en la suya. Y, de pronto, todo tu mundo se descontrola.
Y mira que ya estoy impuesta en el lenguaje. Por lo menos, uso el verbo tuitear como si hubiera nacido haciéndolo. Mi hija, que es una de los 200 millones de tuiteros (¿se dice así?) y que me suele tuitear estos posts, habla maravillas de esta red social.
Di “mermelada”, me decía mi primo Mingo cada vez que nos sacaban una foto.”Si dices “confitura”, sales con la boca como el culo de un pollo”. Y allá salíamos los dos en todas las fotos en las que estamos juntos, muertos de risa y con la boca de oreja a oreja por la abertura de las aes.
Hace 30 años, el 23 de febrero, yo tenía 32 años y era Jefa de Estudios del Instituto Andrés Bello en Santa Cruz. Vivíamos allí, en la Cruz del Señor, y estábamos haciéndonos la casa en el campo (nos mudaríamos en agosto). Mi marido había ido a ver las obras y yo estaba en casa con Ana y Dani, mis hijos de 8 y 5 años, a los que acababa de recoger del colegio esa tarde. Entonces me llamaron por teléfono, primero mi padre y luego una amiga, para hablarme de golpe de estado y de tiros en el Congreso.
Yo tuve un compañero de matemáticas que intentaba boicotearme mis clases. “¡A estudiar matemáticas!”- vociferaba mientras entraba en clase como elefante en cristalería, conmigo todavía dentro- “¡Dejen eso, que la filosofía no sirve para nada!”.
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta