Me gusta la sencillez de esta capilla, de factura en piedra y teja, con balcón y campanario. Todo pequeño, mínimo, reducidito, como la talla exenta de su titular, san Amaro, que rige con aplomo su rinconcito de altar, suyo, que muy suyo.
Cuentan que la ermita nació entre plataneras, ampliamente multiplicadas, y que hizo de capilla para los campesinos rezos de los magos. Después sirvió a otros amos, de alto nombre y bajo fervor empobrecido.
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Sí, sí, ya sé que la Iglesia lo ha eliminado de un plumazo, pero estoy convencida de que el limbo existe. Tiene que haber un no-lugar, fuera del tiempo también, allá por los celajes, al que vayan a parar los propósitos a medias, los amagos, las intentonas, lo imperfecto, lo no terminado.
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