Mi hija, mi yerno y mis nietos se han venido a vivir a mi casa estos dos últimos meses, mientras les acaban las obras en la suya. Y, de pronto, todo tu mundo se descontrola.
Dicen los filósofos que el principio de la sabiduría es la ignorancia. Ningún enterado de esos que creen que se lo saben todo se pone a buscar, a indagar, a caminar en pos de la verdad (si es que ésta existe). Este es el sentido del “sólo sé que no sé nada” socrático, que muchos continúan con “y todavía no estoy muy seguro de ello”.
Dicen que la Filosofía empezó cuando a gente ociosa (no sé si jubilados o no) les dio por hacerse Preguntas. Pues bien, yo, ahora que tengo tiempo, me voy a poner tal que así, igualito que El pensador de Rodin, y me hago a mí misma unas cuantas Grandes Preguntas existenciales que me están intrigando. Pero nada de “de dónde vengo y a dónde voy”, que parecería que estoy en la estación del tranvía en mis días despistados, no, sino algunas preguntas de más enjundia sobre grandes misterios de la humanidad.
Nosotros, los niños de mi generación, los que ahora estamos ya jubilados, somos niños del cuento de la 1. En aquel tiempo en el que no había televisión, ni móviles, ni mucho menos Internet, la radio suplía con creces nuestro deseo de que nos contaran historias. Cuando salíamos del colegio a las 12 y media, corríamos a casa y escuchábamos el cuento de la 1 mientras nuestra madre nos ponía la comida.
Así nos llaman mis nietitos. A mí me hubiese gustado que me llamaran “abuelita”, que tiene tintes heidianos y como de cuento de Caperucita, pero mi hija, con la delicadeza que la caracteriza, me dijo que fuerte cursilada; y fueron los niños quienes al fin nos bautizaron, así que así nos quedamos. Mi marido incluso se hizo una foto en el letrero de Toto en Fuerteventura para que los nietos supieran que hay un pueblo que se llama como él.
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta