La playa de Las Teresitas tiene algunos días el problema del viento. Entonces se hace imposible estar tumbado en la arena por esas rachas tan molestas, que te llenan de arena y que hacen que la gente improvise todo tipo de remedios para que no salgan volando sus pertenencias, en especial la sombrilla por el peligro que supone para la gente.
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Sin llegar a la categoría de sirenas que le asigno a dos amigas mías que se han bañado en las heladas aguas del Mar del Norte, yo no concibo estos días en los que ha cambiado el sentido del tiempo sin la presencia del mar, no sólo por el placer de bañarme o de hacer ejercicio en el agua (ahora lo llaman “acuayin”), sino también por la paz que me inspira su contemplación.
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