Los domingos siempre han sido pequeñas cajas de sorpresa en el fondo de las cuales se esconde un regalo.
En mi infancia, el regalo estaba en el sabor de los churros que comprábamos a la salida de misa para el desayuno y en los paseos por la tarde con mis padres, vestidos todos “de domingo”, hasta la plaza de España y el muelle, para ver romper el mar contra los diques y a los barcos alejarse hacia otras tierras.
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Ya se dijo aquí que Calero es un gran enamorado de Fuerteventura. Y por ello, acudió con gusto a la presentación de la isla majorera como destino turístico, acto que se realizó la pasada semana en el Hotel Meliá Galgos de la calle Claudio Coello de Madrid.
A Calero le pusimos una alcachofa con cable delante y de un tirón y con la pericia del comunicador curtido regó de excelencias los reclamos turísticos de Fuerteventura en una argumentación clara y llena de sentido promocional.
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Hoy he vuelto a pintar, a emborronar un lienzo que se presentaba tan albo y virgen que daba grima mirarlo. Hoy he vuelto a tirar de la creatividad pictórica de andar por casa del paleto artístico capaz de sorprender a más de uno por la sensillez de la mirada.
Del cielo le caen a uno los pinceles cuando está exiliado, lo quiera o no. Pasó en Madrid y La Gomera. Era previsible que ocurriera en la FuerteAventura. Lo sorprendente: que tardaran en llegar un años y varios meses.
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Anda requiriendo saber de mí Machín (Machinósculos que le llegué a llamar). No se trata de Antonio, ojo. Nos quisimos mucho y luego menos y luego más. Ahora lo hacemos en la distancia y con la complicidad de quienes se saben relacionados de por vida y quizá hasta de por muerte.
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El laboralexilio me trae a la capital del reino, donde lo que pasa es que tiran botellas vacías de los hoteles por la noche a la llegada de los majoreros de una cena sencilla en un restaurante de los castizo donde van a alimentarse los obreros y las parejas de jubilados. No mataron a una secretaria de milagro: bendito milagro Pepa, que casi dejan a tus hijos huérfanos de madre.
Lo que pasa en la capital del reino es que no hace tanto frío como uno esperaba, y no se puede dormir de los ronquidos que larga el compañero de habitacón, que tampoco tiene culpa alguna.
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