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La primera vez que vi a un impostor, ambos teníamos cuatro años. Era mi primer día en el colegio y Carlos se ofreció a darme protección y cobijo a cambio de los dos deportivos Matchbox que llevaba en los bolsillos. Accedí inocentemente, y todavía hoy no he podido quitarme de la cabeza aquella mala hora del recreo: no sólo no cumplió con su parte del trato, sino que además jaleó al resto de la clase para que me quitasen los boliches y aquella bacota enorme y azulada que guardaba en el fondo de la mochila. Esa fue mi primera experiencia con la impostura, quizá la más grave, porque a partir de ese día la desconfianza me ronda casi tanto como la muerte.
A los doce años, Cristina era la chica más guapa del mundo y Fernando mi mejor amigo. Yo, tímido hasta la médula, le enviaba mis mensajes de amor con un mensajero: Fernando. Ni qué decir tiene que lo sorprendí sudoroso y extasiado susurrándole mis palabras de la forma más rastrera que puedas imaginar. Esa fue la segunda, y me dejó noqueado para el resto de la adolescencia, pero también delimitó una frontera que yo desconocía hasta entonces: la conciencia. Después de aquella experiencia comprendí que, en el mundo, existían dos tipos de personas: los impostores y los que sufrían el síndrome de la impostura, y que lo único que los distinguía era la conciencia sobre sus actos. Los primeros, como Carlos, actuaban impunemente y además alardeaban en público de su capacidad para engañar a los demás, sin temer las consecuencias ni mostrar un ápice de compasión. En cambio los segundos escondían, tras máscaras de empatía y amistad, el miedo a ser descubiertos en su verdadera naturaleza: padecían el síndrome de la impostura. Después de ese descubrimiento ya sólo me quedaba tomar partido, además de preparar mi terrible venganza.
Lo dispuse todo para el viaje de fin de curso: el plan era invitar a Carlos, una vez llegados a Torremolinos, a unas pizzas en el mejor restaurante y cuando nos sirviese el camarero, y con la excusa de ir al baño, dejarlo plantado. Sólo con verle la cara me hubiese bastado, pero no me dejó mi conciencia, así que el segundo plan, el de arrebatarle la novia a Fernando, ni siquiera llegó a tomar forma en mi cabeza. Algo, que tenía forma de nudo en el estómago, me impedía actuar sin temer las consecuencias. Estaba claro que nunca podría llegar a ser un impostor, y que sólo me quedaba la desagradable posibilidad de sobrevivir bajo el síndrome de la impostura.
Y así me va: mientras los Carlos de este mundo se forran en las grandes empresas que esquilman los recursos de medio mundo, que casualmente andan por el sur, llevándose lo mejor de sus tierras, sus ríos y sus mares, y dejando los peores salarios, los Fernandos andamos haciéndoles el trabajo sucio metidos en grises oficinas, anhelando su dinero y su poder, escondidos bajo máscaras de empatía y amistad con los desfavorecidos, pero realmente ocultando nuestra verdadera naturaleza. ¿Serán impostores, y por tanto dormirán a pierna suelta, los presidentes de los consejos de administración de empresas como la Shell, Monsanto o Repsol que, después de décadas envenenando el mundo, ahora ven en la ecología un nuevo mercado? ¿O sufrirán el síndrome de la impostura y tendrán miedo a ser descubiertos en su hipócrita, oportunista y rastrera forma de hacer las cosas? ¿Se mirará al espejo por la mañana el presidente de la multinacional Westinghouse que, además de lavadoras, lleva decenios fabricando armas nucleares y, ahora, equipos de limpieza de basura radiactiva? ¿Sentirán algo los tecnócratas que encargaron la guerra de Irak, que contabiliza sus muertos por cientos de miles, la mayoría civiles, y que encargan todas las guerras del mundo? ¿Cuántas horas podrá dormir el consejero delegado de Telefónica que, sabiendo que la mayoría de los españoles no llega a fin de mes, anuncia que su empresa ha ganado un 30% más en el primer trimestre del año? ¿Y los parlamentarios canarios que se suben el sueldo en sesión plenaria y por mayoría absoluta? ¿Y las industrias de corte y confección como Nike o Adidas, sabiendo que están explotando a ciudadanos de países como Indonesia o Malasia, y que antes lo hicieron en México, Bolivia o Perú, entregando un sueldo miserable por unas prendas que venderán a precio de oro? ¿En qué lado de la delgada línea de la conciencia crees que están? ¿Y tú, eres un impostor o sufres el síndrome de la impostura?
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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
Comentarios
Le haces el trabajo sucio, anhelas su dinero... y qué naturaleza es la que ocultas?, tú no eres un impostor, no, tú eres un bobo. Déjate ya de tanto tópico y si quieres contar, cuenta, pero que sea interesante.
Incontestable argumento, oiga. Intentaré estar a su altura, en tono, inteligencia e interés, la próxima vez.
Un tópico saludo
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