Es un punto de la geografía lagunera al que accedíamos de niños por dos motivos esenciales: el primero, coger musgo para el portal de Belén en la infancia; el segundo, ir con los tíos a visitar al santo allá por agosto. A poco más se subía a San Roque, salvo alguna excursión del colegio o una novelería de chiquillos jugando a policías y ladrones. Hoy, con una carretera pavimentada y no sin ciertas dificultades por la pendiente y la estrechez de la vía, se llega a coronar el bellísimo mirador de la ciudad, que reposa abajo en toda su extensión.
En una amplitud de unos doscientos setenta grados, desde el norte apuntando al Monte de las Mercedes, hasta el naciente por Santa Cruz, se contempla el gran espacio construido donde se puede observar todo el conjunto urbanizado de la ciudad, teniendo a la derecha, mirando al poniente, los espacios urbanizados de la vega que se pierden en las Canteras y, en una panorámica barriendo con la mirada hasta el naciente, las montañas próximas a la Mesa Mota, San Diego, los montes y la zona del aeropuerto, los más lejanos de La Esperanza, los aledaños del Cardonal y las Chumberas, los límites de Taco, la proximidad de la expansión de La Cuesta y los contornos marineros de Santa Cruz, donde se observan las dos inmensas nuevas torres, el Auditorio y el perfil de la Capital.
El singular espectáculo del espacio urbano nos da la medida en que una ciudad puede crecer a las faldas de una montaña, que se convierte en su paradigma
Recogiendo la mirada hacia la base de la montaña de San Roque podemos ir barriendo los espacios de la Finca España, Valle Colino, Valle Tabares, la nueva zona universitaria de Guajara, los espacios de la curva de Gracia, el Museo de la Ciencia y el Cosmos y el Astrofísico; los viejos caminos, las nuevas urbanizaciones; la proximidad de la vía de Ronda con el Seminario, las viviendas de La Verdellada, el rectorado, el primer campus de la Universidad, Santo Domingo, el Ayuntamiento, el palacio de Nava, los conventos de monjas, la Catedral, la Concepción, el Instituto Cabrera Pinto y de nuevo retomar la línea que nos devuelve la vista hacia las Canteras y el monte de las Mercedes, marcado por el verdor de su laurisilva.
El singular espectáculo del espacio urbano nos da la medida en que una ciudad puede crecer a las faldas de una montaña, que se convierte en su paradigma. No hay espectáculo más directo que el que se observa con detenimiento desde esta singular montaña. La ermita de San Roque, singularmente achaparrada, resiste solitaria y tranquila allá arriba, esperando el sonido cadencioso de su mínima campana que tocará a misa los domingos o llamará a los críos a hacerle la visita anual de agosto.
Los habitantes son herederos de los antiguos ciudadanos que crearon en los bordes del camino sus ya viejas casitas, que han ido mejorando con el paso del tiempo o se están singularizando en una modesta urbanización que se expande en un par de calles arriba, donde el viento hace justicia y la paz se convierte en remanso y reflexión.
Si no ha subido nunca a San Roque, no lo dude, se llevará una grata impresión. La explanada delantera a la ermita ofrece garantías para alongarse a un espacio singular, que le permitirá la contemplación de un desarrollo urbano que ha explosionado en la década de los años ochenta y se ha colmatado en los albores del siglo XXI.
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