Tenerife / Los Rodeos
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-El caso es que quisiera saber si puedo reinventarme-
-Puedes modificar comportamientos, transformar tu día a día- le dijo mientras se levantaba del sillón y se asomaba a la ventana.
Encendió un cigarro.
-Ya, pero yo me refiero a un cambio radical. No sé, a ser otra persona, alguien totalmente distinto- insistió mientras jugaba con los manos.
-En esencia es imposible cambiar. Ya lo sabes. Lo que puedes hacer es descubrir quién eres realmente y adaptar tus decisiones a tu carácter, a tu personalidad- le dijo.
-Ya-
Salió de la consulta y caminó calle abajo con las manos en los bolsillos, desalentado. Se detuvo frente a la dulcería.
- Dos bollos con nata para llevar-
Una joven curioseaba entre las tartas. La saludó con un gesto y ella sonrió.
Podría acercarme a ella y pedirle que salga conmigo. Iríamos al parque y le hablaría de mí, de cuando era yo, de los tiempos felices. Luego la besaría y ella me besaría, y yo tendría trabajo, y...
-Dos ochenta, por favor - le despertó la dependienta. Pagó y siguió camino a casa.
Al llegar a la esquina del italiano se detuvo a ojear el menú. Entró y pidió una napolitana para llevar y una caña mientras esperaba.
Quizá no vaya bien con los ansiolíticos, pensó. Se la tomó de un trago y pidió otra. El restaurante estaba lleno. Las parejas charlaban y reían. Pidió otra cerveza. Luego otra, y otra.
Al llegar a casa ella lo esperaba en la cocina.
-Me tenías preocupada-
Dejó las bolsas sobre la mesa, le dio un beso en la frente y se sentó a llorar.
A la mañana siguiente se despertó con resaca. Le dolía la cabeza y tenía la boca pastosa. Ella ya se había marchado al trabajo. Se levantó, abrió la ventana y se asomó. Pensó en tirarse, una vez más.
Bajó a la cocina, se preparó un café y encendió un cigarro. Se tomó la medicación y se tumbó en el sofá. Cogió una revista, la ojeó y la dejó en el suelo. Encendió la televisión. Una rubia teñida juraba haberse acostado con el tipo que tenía al lado. Cambió de canal. Un grupo de excursionistas relataba lo duro que era el ascenso al Kilimanjaro. Volvió a cambiar de canal. Los vecinos de un pueblo salían a la calle a pedir justicia y la cabeza de un pederasta. Apagó la televisión y se quedó en silencio. Todo le parecía mentira. Cerró los ojos y se durmió.
Cuando despertó ya era mediodía. Se levantó y fue a la cocina.
Sonó el teléfono.
-¿Cariño, cómo estás?-
-Bien, supongo -Alargó la mano y cogió el bote de ansiolíticos. Se tomó tres.
-Oye, hoy me quedo en la facultad. Tienes comida en la nevera. ¿De verdad que estás bien?-
-Sí, sí, no te preocupes-
-Claro que me preocupo... Nos vemos luego, ¿vale?-
-Vale-
Colgó el teléfono, abrió la nevera y cogió una cerveza. Puso a calentar las lentejas y se sentó. Encendió un cigarro y se quedó mirando a la ventana. Volvió en sí con el olor a quemado y se levantó bruscamente.
¡Joder! ¡Mierda, mierda!
Apagó el fuego con un trapo y abrió la ventana para ventilar la cocina. Se asomó.
Desde aquí no pondría fin a nada...
Cogió el bote de ansiolíticos. Se tomó seis y otra cerveza. Subió a su habitación dando tumbos, se vistió, y salió a la calle.
Entró en el súper a por más cervezas. El dependiente se negó a vendérselas, pero con el escándalo que estaba montando no le quedó otro remedio.
Siguió el camino del parque. Una pareja se besaba en un banco y unos perros correteaban alegremente por el césped. Se sentó en un pretil. Cogió el bote de ansiolíticos, se tomó dos y una cerveza. Encendió un cigarro. Una anciana le miró con desprecio mientras cuchicheaba con sus amigas. Se levantó, se bebió la cerveza de un trago y se marchó.
Caminó por la avenida hasta llegar a la Fuente del Conquistador. Se quedó mirando a la estatua y escupió en el suelo.
Yo me cago en tus muertos, le dijo a la figura de bronce mientras le hacía un corte de mangas. Se cayó de espaldas sobre la calzada. Se incorporó como pudo y, casi a tientas, llegó hasta el puente. Se sentó en el borde y vomitó. Abrió una cerveza y bebió. Cogió el bote de ansiolíticos, lo vació en la mano y tiró el frasco. Se quedó un rato observando cómo daba vueltas hasta que se hundió en el río. Abrió otra cerveza, se tragó las pastillas, la vació de un trago y saltó.
Cuando abrió los ojos rodaba ladera abajo blandiendo una espada de grandes dimensiones. Se incorporó para repeler el segundo ataque. Se ajustó la armadura y esperó. En el fragor de la batalla casi no podía distinguir a su enemigo, pero de un certero golpe le separó la cabeza del cuerpo. Todos gritaban su nombre, y las trompetas anunciaban la victoria. Entonces la vio a lo lejos, montada en un caballo blanco cabalgando a su encuentro.
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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
Comentarios
Si, resplandece como la esperanza. Gracias por tus siempre inteligentes y generosos comentarios, sagitta.
El relato es inquietante primero y angustioso después pero el final resplandece como la espada, la armadura y el caballo blanco. Espero el siguiente.
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