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El verdugo

Imagen de E. Albás
  • Por Eduardo Albás
  • (vecinoreportero)
  • La Laguna, 23 Octubre, 2008, 08:49

Le cerré la puerta en las narices. Alguien que se planta en el umbral de tu casa y te dice que conoce el momento exacto de tu muerte, sólo puede ser un loco o un verdugo.

Volvió a sonar el timbre.

-Me llamo Jaeson Hellwith, soy de Utah y vengo a anunciarte tu muerte-

Si no llega a ser por la camisa blanca de manga corta y la placa dorada en el pecho, hubiese pensado que vendía aspiradoras. Pero no: vendía biblias y anunciaba la muerte. Y ya que no tenía pinta de verdugo, tenía que ser un loco. En cualquier caso, a un tipo así no se le abre la puerta. Como mucho se le tira escaleras abajo de un buen puñetazo. Pero me daba tanta pereza...

-Oye, ya te he dicho que no quiero nada. Además estoy muy ocupado-, intenté quitármelo de encima.

-Nadie está tan ocupado como para no querer saber el día de su muerte-, me dijo con un tembloroso acento sureño.

Y tenía razón: era lo que todos esperaban en los calabozos del Ministerio. Al verme pasar con las cuartillas en la mano delante de las celdas, dejaban lo que estaban haciendo y se quedaban mudos esperando escuchar su nombre y la fecha, el momento exacto en el que iban a morir. Y todo para poder aprovechar su última hora, los muy bastardos. Por eso me dejó descolocado y, aprovechando la situación, se coló en mi casa.

Antes de que me diera cuenta ya estaba sentado en el sofá con las manos en las rodillas, en esa actitud de beata que tanto detesto.

-Bien, dime cuanto es y lárgate de una vez-, le dije con decisión

-No podría cobrarte por decirte cuándo vas a morir-

-No hombre, me refiero a la biblia, ¿cuánto vale?-

-Te la regalo-

-¡Ya está bien!-, lo agarré del cuello y lo empujé hasta la puerta.

- Si salgo por esa puerta ya no podré anunciarte tu muerte-

-Y si te quedas el que morirá serás tú-

Empezó a gimotear y a decir estupideces, a hablar de la justicia y el castigo divinos. Me sacó de quicio, la verdad. Abrí la puerta y fue entonces cuando sacó la pistola y me apuntó a la cabeza.

-Oye, oye,... ¿qué haces con eso?-

-Ya te he dicho que no puedo marcharme-

-Bien, bien, déjala sobre la mesa-

-Sólo si me prometes que no me echarás de tu casa-

-Vale, vale, te lo prometo-

La soltó delicadamente y se sentó como una plañidera.

-¡No llores, joder! ¡Odio a los tipos como tú!-. Y realmente siempre me ha dado asco esa gente repulsiva que se aferra a sus sentimientos, que patalea débil ante su destino. Menos mal que yo cumplía bien con mi trabajo y no tenían mucho tiempo para montar el numerito.

Le di un vaso de agua con un calmante. Eso era lo que hacía en el patio del Ministerio con los que iban a morir. Así no se meaban encima.

Se calmó y, tumbado en el sofá, lo pude observar con más detenimiento. No parecía tener cara de mala gente. Es más, ese pelo engominado y la raya a un lado me hizo pensar con nostalgia en nuestros muchachos...

Era más bien delgado y no parecía muy fuerte. Además su cuello era de los frágiles, de los que se quiebran a un cuarto de vuelta. Me acerqué para tanteárselo, como hacía con esos bastardos. Le levanté la barbilla, le toqué la tráquea y no hizo nada por impedirlo: el calmante había hecho bien su trabajo. No tenía mucho cartílago, la verdad. Seguro que con mis propias manos se la podría haber partido. Deslicé mis dedos hasta palparle la carótida, ese río de vida que se secciona y lo pone todo perdido si no andas con cuidado. Allí mismo pude haberle dado un apretón y acabar con aquella estupidez, pero le bajé la cabeza, busqué las vértebras y, ante mi sorpresa, allí estaba la cicatriz.

Lo solté de un respingo. No podía ser. La misma cicatriz, era imposible. Sólo había visto una cicatriz como aquella en toda mi vida, una cruz invertida grabada en la nuca de aquel anarquista. Se me pusieron los pelos de punta. Intenté reanimarlo con unas bofetadas, pero volvió a echarse a llorar el muy imbécil, así que fui a la cocina a preparar un café.

Cuando volví ya no parecía el mismo. Sí, estaba vestido con la misma ropa y llevaba el mismo pelo engominado, pero ya no lloraba e incluso parecía desafiante. Además aquel pelo rubio, por un momento, me pareció plateado, como si hubiese envejecido repentinamente.

-Toma este café. Te sentará bien-, le dije.

-Nada que venga de tus manos le sienta bien a nadie-, me respondió con voz profunda.

-Mira, yo no he querido hacerte daño. Pero comprenderás que presentarte así en mi casa...Te tomé por un loco-

-Ya. Para ti la humanidad se divide en verdugos y locos-

-No. Para mí la humanidad no existe. Para mí...-

-Para ti sólo hay cuellos que partir. Como el mío-

-Oye, reconozco que hace un momento pude hacerlo, pero todavía lo tienes entero, ¿o no?-

-¿Cómo estás tan seguro de eso?-

-Joder, ¿pero tú estás tonto?-

-Ya, si no soy verdugo estoy loco o tonto, que es lo mismo-

Empezaba a ponerme nervioso y ya no me atrevía a preguntarle por la cicatriz. Localicé la pistola con la vista y calculé la distancia.

-Bueno, dime de una vez a qué has venido-

-Ya te he lo dicho. He venido a anunciarte tu muerte-

-Mira, yo, a mi edad, no estoy para estas tonterías-, le dije sin ninguna convicción.

-No es ninguna tontería... Ya has visto mi cicatriz-

Mientras giraba la cabeza, un escalofrió recorrió todo mi cuerpo. Intenté salir corriendo, pero mi mirada, ajena a mi voluntad, fue a anclarse allí, en la nuca de aquel muchacho que a cada segundo parecía convertirse en un ser de otro mundo. Se le cubrió el cuerpo de pelo, se le encorvó la espalda, y un enorme y oleoso rabo agitó el aire denso y azufrado que me impedía respirar. Luego todo sucedió rápidamente. De un salto llegué hasta la pistola, pero de un zarpazo me arrancó el brazo derecho. Me desangraba sobre la alfombra cuando un alarido de ultratumba dejó al descubierto las terribles fauces de aquel monstruo, y supe que en ese momento iba a ser devorado por aquella bestia inmunda. Pero sólo se acercó a mí, sigiloso como un cazador. Pude sentir el asqueroso aliento de su boca y la certera intención de su mirada y, en el sanguinolento vidrio de sus ojos, pude verle, a él, al último ejecutado. Y entonces grité como ellos, como yo nunca había gritado...

-Te dije que volvería del infierno-, y con sus propias manos me arrancó las entrañas de un sólo tajo mientras recitaba la fecha de mi muerte.

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