Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur

Algunas de las esculturas de literatos ilustres en La Laguna. Aún no se ha levantado ninguno a una mujer. / A.A.
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Como cada año, el 23 de Abril se celebra la fiesta del Libro y este 2008 queremos recordar a los hombres de las letras laguneras que están en sus pedestales en la ciudad. Y digo hombres porque no hay ni un solo recuerdo a mujer alguna de las letras, salvando un anillo que a mitad de los años cincuenta colocaron en una palmera del Camino Largo en memoria de Doña Laura de la Puerta. Esta sociedad elitista y machista eleva a los altares de la cultura sólo a los hombres. Y creo que ya va siendo hora de que las señoras escritoras, historiadoras, letradas, pedagogas, poetas, científicas y singulares, vayan siendo colocadas donde les corresponde por los mismos conceptos que han sido enardecidos los prohombres que han poblado nuestras calles y plazas.
Queremos tener un especial recuerdo para don Antonio de Viana, al que se considera padre de las letras canarias y al que se rindió homenaje el pasado año colocando una minúscula placa de bronce a los pies de una jardinera en la calle que lleva su nombre, donde ridículamente se le recuerda con muy poco resalte. Sin embargo, los últimos parques de la ciudad se han visto coronados con tres singulares bustos de bronce en memoria de los tres últimos alcaldes vivos de la ciudad. Antes se singularizaba la cultura, ahora se destaca la política, con sus errores, sus miserias y sus aciertos. Qué le vamos a hacer.

Antonio de Viana (La Laguna, 1578-1650?). Es un historiador, médico y poeta canario. Estudió en Sevilla la Licenciatura de Medicina, que terminó en 1606. Es posiblemente en esta ciudad donde conoció a Lope de Vega. En 1607 prestó sus servicios al Cabildo de Tenerife para llevar a cabo la atención de los enfermos del hospital. De nuevo en Sevilla, ocupó la plaza de médico cirujano del Hospital del Cardenal. En 1630, ante el notable aumento de su fama, sus contemporáneos tinerfeños logran convencerlo y llevarlo nuevamente a la isla con su antiguo cargo espléndidamente remunerado. En 1633 se trasladó a Las Palmas, donde ejerció gran parte de su profesión. Fue médico del Obispo Murgas, elevando aún más su reputación entre miembros de tribunales y altas personalidades de otros órganos que por aquel entonces residían en la ciudad grancanaria.
En cuanto a su faceta de historiador y poeta, se le achaca que en sus escritos se haya inventado poeta Viana parte de los nombres guanches que aparecen. Viera y Clavijo también se basó en algunos de los escritos del de la Historia de Canarias, con el consiguiente error en la denominación de los nombres aborígenes que han perdurado hasta nuestro tiempo.
Domingo J. Manrique. Como no podía ser de otra manera, Domingo J. Manrique descansa plácidamente sobre un pedestal en la Plaza a la que dedicó el poema que publicamos. Cerca de un bello drago, con el sonido de la fuente marmórea a su izquierda y los ancianos que descansan sus años sobre los viejos bancos curvilíneos. A su frente está la calle Deán Palahí, guarecida por el convento de las monjas Catalinas y el palacio de la Familia Nava y Grimón. Un rincón para el ensueño:
Plaza del Adelantado
Plaza de mis amores, tranquila y perfumada,
todo en ti me seduce, todo en ti es atrayente:
tus árboles altivos, tus jardines, tu fuente,…
y hasta el vetusto marco donde estás asentada.
En tu recinto plácido, de evocador ambiente,
El alma, de tus límpidos efluvios saturada,
Se abisma en los recuerdos de la dicha pasada
Para olvidar la triste realidad del presente.
Rincón de mis sosiegos, plaza de mis amores,
Igual que yo te aman los pájaros cantores
Que en tus frondas agitan su plumaje de raso.
Que de tu umbría sienten la suprema atracción,
Y que en las horas diáfanas y azules del ocaso
Te envuelven en su himno que es plegaria y canción.
Guillermo Perera Álvarez (1865-1926). Por la misma razón, Guillermo Perera debería descansar donde tanto trabajó, en el Instituto de Canarias, del que fue secretario perpetuo allá por los comienzos del siglo XX. Pero la ciudad no lo quería dentro del convento Agustino y le ofreció un hermoso espacio en simetría con Manrique, separado de éste por el eje de la fuente marsellesa y en el que disfruta también del convento de las Catalinas y la portada del Ayuntamiento con la calle de la Carrera:

Patio del Instituto
Al llegar a esta casa todos los días
El alma de recuerdos aún palpitante
Siento tantas tristezas como alegrías
Gocé cuando venía como estudiante.
En la vida, cual dijo noble poeta,
Fueron tiempos pasados siempre mejores,
Y es que bulló en sus ondas de mar inquieta
La juventud perdida, vergel de amores.
Se transforman, progresan todas las cosas;
El sol constante alumbra nuevas mañanas;
Pero el rosal del alma no da más rosas
Que las que de ilusiones fueron hermanas.
Cual esta mansión no hay quien recuerde
Ni mira sus bellezas tan peregrinas;
El germen de la vida nunca se pierde,
Por eso nacen flores entre las ruinas [...].
Tener para la ofensa recibida
Pronto perdón
Y olvida para el daño.
Y siempre exento
De maldad y engaño
Llevar la frente
Por el mundo erguida.
Antonio Zerolo. (1854-1923). Nació en Arrecife de Lanzarote en 1854, pero se trasladó a Tenerife y estudió en el Instituto de Enseñanzas Medias de La Laguna, del que luego fue director y catedrático. Se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Central. Permaneció siete años en Gijón, encargado de una cátedra de Lengua y Literatura Española en el Instituto de Bachillerato Jovellanos. Su carrera literaria fue muy precoz y obtuvo numerosos premios en concursos y juegos florales en Canarias y en la Península. Colaboró con poesías, artículos, discursos y prosas en diversas publicaciones de España y Latinoamérica. En las Islas escribió para la Revista de Canarias, La Ilustración, Museo Canario, Las Novedades, El Memorándum y Diario de Tenerife. Su vida y sus versos estuvieron alentados por un poderoso esfuerzo anímico, un espíritu creyente y un sentimiento patriota. Murió en La Laguna en 1923:
La Laguna (Después de la estación veraniega)
Ya La Laguna, triste y solitaria
Vuelve a su natural recogimiento.
A ser la típica ciudad canaria
Donde se reconcentra el pensamiento
Florón el más antiguo de Nivaria,
En un valle fecundo tiene asiento;
Allí crecen el pino y la araucaria,
Que son las liras rústicas del viento.
Sólo el gremio escolar que se declara
Amante del bullicio y la alegría,
Le presta animación con su algazara.
O se escucha la mística armonía
Del órgano al pasar por "Santa Clara"
En la tarde otoñal, lluviosa y fría.
José Hernández Amador (1877-1950). José Hernández Amador es quizás el escritor hispánico que más se parece al santo de Asís en lo humano y lo poético. De él decía Sebastián Padrón Acosta: "Incapaz de hacer el mal, todo lo perdona y vive en el en cantado castillo de sus sueños, jardín quimérico donde se abren las rosas de su sentimiento y cordialidad. Sobre sus copos de luna cae una áurea ráfaga franciscana..." (Poetas canarios de los siglos XIX y XX, Tenerife 1966, 366). Su obra se caracteriza por el amor a su tierra y por las composiciones místicas. El poema "La sombra del Hermano de Asís", en la más pura técnica modernista, es producto de sus continuas lecturas de los santos. Fue leído públicamente en la inauguración de la catedral de La Laguna, en 1913.
Calle de Viana
Hoy he vuelto a esta calle después de largos años
A vivir como un huésped, a transitar por ella,
En mi solar querido otros seres extraños
Van dejando a su paso la señal de otra huella.
De la mansión que habito, evoco con cariño
Esta dulce añoranza bajo el azul risueño:
La casa en que naciera, el rincón donde niño
Forje la dulce urdimbre de mi primer ensueño.
De aquel zaguán parece que surge la figura
Del venerable abuelo; su voz toda ternura
Pobló de villancicos mis pascuas infantiles.
Hoy he vuelto a esta calle, lo quiere mi destino,
Para mi mientras viva será siempre del Pino
Envuelta en el misterio de sus rezos monjiles.
Manuel Verdugo (1878-1951). Nació en Manila, Filipinas, en 1878. Era hijo de un general tinerfeño y tras completar su formación militar en la Academia de Artillería de Segovia, fue destinado a Canarias. Después de licenciarse viajó por varias ciudades de Europa, relacionándose con Rubén Darío y los hermanos Machado, entre otros. En 1908 se estableció en La Laguna, donde desarrolló una intensa actividad cultural. Publicó los poemarios: Hojas (Madrid, 1905), Estelas (Madrid, 1922), Burbujas (La Laguna, 1931) y Huellas en el páramo (La Laguna, 1945). En prosa publicó: Autobiografía (1922) y Fragmentos del diario de un viaje (1928). Fruto de su labor como dramaturgo son las obras: Lo que estaba escrito, estrenada en el Teatro Leal de La Laguna en 1919; Las Fronteras del mal y Jugando, diálogo relámpago, ambas publicadas en la revista Castalia en 1917. Falleció en San Cristóbal de La Laguna en 1951.
San Cristóbal de La Laguna
Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas,
Mientras la lluvia pule la piedra de tus blasonas,
Serena tejes tu noble ensueño de cosas muertas
En un silencio pleno de extrañas evocaciones…
Por viejas calles y por frondosas plazas desiertas
Murmura el viento rancias consejas y tradiciones;
Te aduerme el doble de tus campanas y te despiertas
A los repiques con que se anuncian las procesiones.
En claras noches llenas de suave melancolía,
Cuando la luna lo baña todo con su luz fría,
He contemplado la cruz vetusta que hay a tu entrada;
Símbolo enhiesto que es algo humano y algo divino:
¡Tu propio emblema, tu fe de siglos petrificada!
Que por ti vela como un fantasma junto al camino.
Luis Álvarez Cruz (1904-1971). Ilustre periodista y poeta, nacido en La Laguna. Fue un profesional del periodismo de singular importancia en períodos complejos. Le tocó vivir los difíciles momentos de la Guerra Civil y sufrió represión política. Fue un poeta singular que supo definir minuciosamente La Laguna en sus poemas y en sus crónicas periodísticas.
Otoño
La llovizna susurra con ritmo intermitente;
Todo es brumoso, opaco, desvaído, irreal.
En los rincones húmedos de la calle silente
Se posan los jirones de la niebla otoñal.
Yerguen su pesadumbre, ceremoniosamente,
El ancestral palacio y el convento ancestral.
La ciudad es serena y es altiva. Se siente
Un profundo desprecio por todo lo banal.
Este otoño nostálgico destila su veneno
Fugaz y melancólico en la entreabierta herida:
Está de misticismo y de renuncia lleno.
Y al compás de la lluvia por el viento esparcida La madeja de un verso que es plegaria y es treno, Se va hilando en la rueca de la tarde dormida.
Hasta aquí la memoria histórica de los poetas que han recordado su ciudad y que están enseñoreando sus ramblas y plazas. Hay otro buen puñado de ilustres escritores que no han corrido con la misma suerte de tener quienes los hayan elevado a la categoría de poetas de la ciudad, siendo sin embargo magníficos escritores que han dejado su huella en la literatura local, trascendiendo los límites ribereños para alcanzar renombre nacional. Un libro salido de las manos del profesor Sebastián de la Nuez, publicado en 1999 bajo el título Antología poética de La Laguna, 1497-1997, recoge lo más granado de la poesía local, en un ejercicio bien estructurado ofreciendo, al propio tiempo, los rostros de los poetas realizados por Jaime Hernández Vera en espléndidos dibujos a pluma.
Recordar hoy a aquellos que cantaron a la ciudad, que la llevaron en el alma y la dejaron plasmada en sus libros. Es de justicia hacerlo, ya que cuántas veces pasamos ante sus bustos e ignoramos que fueron seres humanos a los que le tocó vivir otros momentos y que disfrutaron y también sufrieron, reflexionando además sobre esta ciudad entre gentes diferentes y distantes, entre viejas casonas deshabitadas y ruinosas o entre espacios renovados e ilusionantes que, de una u otra forma, configuraron sus versos y sus prosas.
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publicado el 8 Enero, 2009 en canarias7.es (0) comenta
publicado el 3 Enero, 2009 en laopinion.es (0) comenta
publicado el 2 Enero, 2009 en diariodelanzarote.com (0) comenta
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