No estiró las sabanas y se tapó la cara con la almohada por capricho. Yo en su lugar hubiese hecho lo mismo.
Reconozco que convivir conmigo se ha convertido en un suplicio. Cojines que aparecen donde no deberían estar, la cisterna que vuelca su contenido a horas intempestivas, luces encendidas, algún vaso roto en la cocina. Por eso sé que aquella noche en la que quise hablar con ella y estiró las sabanas y se tapó la cara con la almohada, no fue por capricho.
La veo levantarse cada mañana, ojerosa y abatida, para recorrer la casa casi de puntillas y con la piel erizada. Realmente da pena. Y cuando tropieza con algo que está fuera de sitio es como si hubiese visto al diablo: sale despavorida escalera abajo medio desnuda y totalmente desencajada, la pobre. Lo que más me perturba son sus alaridos.
Además nuestra situación tampoco ayuda. Ya no podemos hablar y hace mucho tiempo que no nos tocamos, no recuerdo cuando fue la última vez que pudimos comer juntos, o ir al cine, o asomarnos a la ventana a ver las estrellas. Es como si viviésemos el mismo tiempo pero distintos espacios.
Cuando está en la ducha, con la cortina echada, la miro al trasluz. Su cuerpo no ha perdido un ápice de belleza, pero lo enjabona mecánicamente, sin interés, con prisas. Es un momento delicado para ella y procuro no hacer ruido. Me siento con cuidado en la taza y contemplo el, cada vez más breve, instante de la ducha. Abre el grifo, mira en todas direcciones con ansiedad, se frota rápidamente y, antes de que pueda darme cuenta, ya está tanteando en busca de la toalla. Sé que no le gusta que se la acerque, que prefiere palpar y notar que está en su sitio. Y no la culpo. En su situación yo haría lo mismo.
Todavía tengo recuerdos de los buenos tiempos. Y, aunque son imágenes que se mezclan con otras, que quizá se confundan, algo me dice que alguna vez fuimos realmente felices. Y verla así, tan triste, tan desequilibrada. Por eso decidí acercarme a ella, sólo para hablar, para explicarle que, aunque todo sea distinto, todo va bien.
Tuve todo el día para preparar la cena. Puse la mesa y me senté en la terraza a esperar su regreso mirando distraídamente a la calle, casi sin pensar. Al oír las llaves en la cerradura me levante y fui a su encuentro. Entró, colgó el abrigo, llegó hasta el salón, y se desplomó sobre la alfombra. Un desmayo, seguro. Quizá fueron las velas encendidas, o las servilletas del ajuar que siempre guarda en un cajón. Lo cierto es que me costó levantarla en brazos y llevarla a la cama. La arropé mientras le acariciaba la frente y le susurraba al oído que, aunque todo era distinto, todo estaba bien. Entonces despertó y, dándome un empujón, estiró las sabanas y se tapó la cara con la almohada mientras gritaba y se revolvía como una loca. No la culpo, sólo quería zafarse de mí, de su fantasma.
Comentarios
sagitta
Acabo de leer este relato de los distintos espacios y también me gustó, es inquietante y está bien construido, como todos los otros. Sigue escribiendo aunque zumben los mosquitos. Espero el siguiente.
Gracias de nuevo, sagitta. Y si ladran, es que cabalgamos. Un saludo.
Albás, acojonas.
Gracias visitante: esa es una de las intenciones, provocar algo en el lector.
Un saludo
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