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Los ex alumnos, reunidos en el Patio de los Cipreses. / A.A.
Pasaron cincuenta, sesenta o sesenta y pico años sin ser conscientes que al cabo de ellos ya no estábamos los mismos. Algunos ya habían quedado en el camino, otros sencillamente lejos, en América, en Europa. Cuántos se desvincularon para siempre, cuántos emprendieron la marcha. Ley de vida.
De los profesores de la foto del primer artículo veo aún a don Leoncio Afonso paseando sus nueve décadas por la calle de Herradores, recordando sus geografías, su etapa de director, su época de concejal, su período de profesor de la universidad, sus momentos en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, sus ratos de investigación para el Instituto de Estudios Canarios, sus pateos por la geografía regional. Se me asoma Avelina Mata, de la que me han dado razón hace poco tiempo como aquella ausente y magistral profesora de francés que acabó la docencia en la escuela dejando su pellejo en el siempre difícil magisterio. Y también un reflejo cariñoso de Carmen Rosa García Montelongo, que sigue paseando su Santa Cruz, sus recuerdos, sus ausencias.

Nadie más, como puede ser natural, está para dar fe de su etapa docente, a los sesenta y dos años del centenario del Instituto de Canarias, como la dimos los alumnos de 1948, cuando ya cursábamos aquel segundo curso de bachillerato en los albores de la postguerra mundial y en aquellos difíciles inicios de la reconstrucción de nuestro país, después del genocidio del 36 al 39, que dejó tantas marcas a tantos familiares y, emulando a Churchill, “nunca tan pocos hicieron tanto por tantos”. Allí, en aquellos años, se nos cicatrizaban las heridas del hambre poco a poco; vestíamos los viejos pantalones de los hermanos mayores; pasábamos el frío de las noches casi en tinieblas y sólo se nos iluminaba el alma con la ternura, el afecto, la capacidad intelectual de nuestros profesores, aunque sintiéramos el frío de la dura mirada del cura Ortega con sus obligadas misas en San Agustín o sintiéramos la humedad y el escalofrío de la biblioteca ante los inmensos legajos de los Agustinos y la recta mirada del bibliotecario.
Nos hemos vuelto a reunir un día de este mayo, un sábado, organizado a punta de móvil. Nos encontramos dos o tres generaciones, los que terminamos preuniversitario entre el 54 y el 56. Fue un puro accidente, un error de convocatoria, que terminó en dos almuerzos simultáneos, en dos lugares diferentes de la ciudad. Pero juntos estuvimos en el viejo paraninfo, entre los cuadros del museo de Arte Moderno, cedidos a Cabrera Pinto hace casi un siglo en préstamo vigilado.
Envueltos en la Batalla con Churruca, en el Mediterráneo con los barcos de vela, con las Vendimiadoras, con don Adolfo Cabrera Pinto, con el niño cuidado por el perro, con los viejos Borbones que presiden un salón de actos lleno de ternuras, de viejos recuerdos, de nerviosos exámenes de ingreso o de revalidas.
El claustro se mostraba hermoso en una mañana de mayo, con una vegetación vigorosa, con las antiguas matas señalizadas con minúsculos carteles, como en un viejo botánico. El claustro de los cipreses, que fue gimnasio al aire libre, sala de actos bajo la lluvia o cancha deportiva bajo cubierto en otros tiempos, se nos muestra con la placidez de un césped cuidado, claustro enlosado, restos de la vieja iglesia de San Agustín. Cada cual con su particular recuerdo, unos con Aurora Bautista, otros con el coro del Instituto, los más con los actos de fin de curso.
Arriba el hermoso espacio del claustro superior, recorrible en toda su extensión, sin los impedimentos de las aulas de dibujo que albergaran los espacios de don Mariano de Cossio o de don Antonio Riaño; la entrada a la torre con sus dos arcos ojivales de piedra, hermoseados con un cuidado exquisito en su restauración, mostrando grandes arcos de descarga y una compleja escalera de caracol hasta lo alto.
El gran museo de Ciencias Naturales que fundó don Agustín Cabrera con aportaciones de su hermano el médico don Anatael y mejoró, en nuestra época, don Máximo Martín Aguada, ayudado por aquel gran alumno que nos dejó un día, Alfredo Hernández Barrios, que compartió aficiones e intereses científicos anticipados a su edad.
El gran hallazgo del museo de la Física dedicado a don Blas Cabrera Felipe, donde se conservan herramientas y aparatos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, como la gran reserva científica de lo que fueron los inicios de la técnica y la ciencia actuales; un ejemplo pedagógico casi único en España, según la opinión de los expertos. Hay que decir que fue recuperado esencialmente gracias a la voluntad del profesorado actual, que luchó con Leandro Trujillo, profesor de física, por su recuperación y montaje.
Y luego, al finalizar las dos horas y pico de recorrido, memorias y recuerdos, donde cada cual contaba sus vivencias y donde para cada uno aquella aula fue la de tal examen o la de estudios o la clase donde se había enamorado de la chica que ahora les acompañaba en la misma visita. Al finalizar nos pusimos a los pies del busto de don Adolfo, en la plaza de Guillermo Rancés, como hacíamos cada final de curso, durante aquellos prodigiosos siete años de estancia compartida y de vivencias jamás olvidadas.
Un nutrido grupo, el de los más jóvenes, se fue a comer al Casino, donde tenían reservado desde hacía una semana su espacio. Los más viejos, improvisadamente, nos fuimos a la calle Deán Palahí a la Hostería de Andrea, el viejo bar El Puntero, mejorado y renovado, a degustar una buena cocina durante casi tres horas y adquiriendo el compromiso de que este año llamaríamos al resto de los que aun están entre nosotros para, por San Diego, allá en noviembre, repetir las escenas de la fuga sabiendo que ya no podemos cantar “encima de las montañas tengo un nido”, que era la primera estrofa de la “Casita de Papel”, melodía ultramoderna de aquel tiempo, cuando la fuga era algo muy serio. Benditos años.
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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
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