Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur

A la derecha, en la pared, el ventanillo a través del que miró Sor Úrsula durante el resto de su vida. / M.P.
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Las historias, las leyendas que hemos heredado de nuestros mayores, casi siempre trascienden de ellas mismas y nos hablan de sociedades, de grupos humanos del pasado. Nos dan a conocer cuáles eran las costumbres, la vida cotidiana, las formas de ser y vivir y los avatares que nos han ido convirtiendo en lo que hoy somos. La Historia no es sólo el relato ordenado de hechos más o menos importantes sino que debe ser, sobre todo, el estudio de la vida de los hombres y mujeres que nos han precedido en el tiempo, de sus afanes, de sus problemas, de sus inquietudes.
En la iglesia del convento de las Catalinas de La Laguna, a la derecha del altar mayor, sobre el arco que conduce a la sacristía podemos ver un pequeño ventanillo que permite asistir a los oficios religiosos a una persona que se encuentre en la habitación que se comunica con la nave del templo. La tradición relaciona esta abertura con un hecho ocurrido en 1651: Jerónimo de Grimón y Rojas, hijo natural del dueño de la casa que hoy conocemos como Palacio de Nava –situado al lado del convento de las Catalinas- huye con su enamorada, la monja profesa de dicho convento Sor Úrsula de San Pedro. Tratan de salir de la isla en un navío inglés anclado en la bahía de Santa Cruz, para lo cual ella se disfraza de paje, pero poco antes de zarpar la nave son descubiertos por la justicia. Sor Úrsula es enviada de vuelta al convento y él es acusado de rapto de una religiosa y condenado a muerte. La sentencia se cumple en la primavera de ese año. Se obligó a Sor Úrsula a presenciar desde el ajimez del convento la ejecución, en la plaza del Adelantado, de su amado, cuya cabeza, clavada en una pica, fue expuesta para escarmiento público durante muchos días. Ella, encerrada de por vida, sólo podrá presenciar los oficios religiosos a través del pequeño ventanuco.

La otra historia roza los límites de la fantasía y se ha convertido en una leyenda lagunera muy conocida. Hablamos en este caso de Catalina Lercaro, supuesta hija de, al parecer, uno de los más conspicuos miembros de la poderosa familia de origen genovés de los Lercaro-Justiniani, cuyo palacio lagunero es en la actualidad Museo de Historia y Antropología de Tenerife. En el patio posterior de la casa podemos contemplar el brocal de un antiguo pozo -hoy inexistente o cegado- por el que se habría arrojado la infortunada joven para no tener que consumar el matrimonio que su padre había acordado para ella con un hombre mucho mayor y, al parecer, tratante de esclavos. Sigue diciendo la leyenda que fue enterrada en ese mismo patio, ya que, por haberse suicidado, no podía recibir sepultura en sagrado. El resto de la historia es conocido, pues muchos aseguran que el fantasma de la desgraciada Catalina recorre todavía en la actualidad las estancias de la antigua mansión donde vivió y murió.
Estos dos relatos tan diferentes tienen, no obstante, un denominador común. Los dos nos hablan de amores o desamores infortunados pero, sobre todo, nos dan una imagen muy clara de la situación real de las mujeres en la sociedad española de los siglos XVI al XVIII y, por tanto, también en la canaria.
En aquellos siglos se atribuían a las mujeres tres funciones básicas: ordenar o llevar a cabo ellas mismas los trabajos del hogar, procrear hijos y satisfacer las necesidades amorosas del esposo, por lo que el objetivo de sus vida era el matrimonio, y la soltería femenina una desgracia entre las clases medias porque se veía como un fracaso de la mujer. Esa es la razón por la que ellas se preparaban casi exclusivamente para el matrimonio, convirtiéndose en doncellas. Como dice el profesor Rodríguez Yanes en su magnífica obra de 1997 La Laguna durante el Antiguo Régimen: “Si en general (…) la calidad de doncella, la virginidad y la institución matrimonial gozan de relevancia social, en un contexto nobiliario la pérdida de la honra implicaba un mayor desdoro que en las clases más pobres”. Es decir, que cuanto más alta fuera la consideración social de las mujeres, peores serían sus condiciones de vida personal.
De las mujeres se esperaba en la época que fueran obedientes, castas, retraídas, vergonzosas y modestas. Además debían ser calladas y estar encerradas en casa. La mujer era considerada siempre una menor y, por tanto, debía depender siempre de un hombre, por lo que pasaba de la tutela del padre a la de su marido. En las clases altas los matrimonios eran concertados de antemano por los padres sin que las muchachas pudieran expresar su opinión casi nunca. A pesar de ello el matrimonio era preferible a la soltería. Pero, ¿qué ocurría si no se conseguía casar a alguna hija? La solución estaba clara: debían profesar en un convento y para ello la familia debía pagar la correspondiente dote. Las jóvenes quedaban encerradas de por vida y sólo de manera muy esporádica se producía el galanteo de monjas, muy perseguido por las leyes de entonces.
Las dos historias que hemos contado, la de una joven monja condenada al encierro perpetuo por tratar de huir con su amante y la de una doncella casadera que pone fin a su vida para no tener que obedecer las órdenes de su padre, tienen ambas un final desgraciado y no son sino el reflejo de una sociedad, la canaria, en la que las mujeres han sido por tradición uno de los componentes más sometidos de la escala social.
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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
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