Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur
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-Puede estar en la garganta-
-¿Puede?-
-Sí, bueno, tendríamos que hacerle más pruebas. Se ha extendido rápidamente-
Pidió cita y se marchó a casa cabizbajo. Llegó al portal y se detuvo a por el correo. Publicidad.
Subió las escaleras, y al llegar a la puerta se derrumbó. Comenzó a darle patadas hasta romperla. Entró, se miró en el espejo del salón, lo hizo añicos de un puñetazo, llegó hasta el escritorio, revolvió algunos papeles y encontró las fotos. Fue a su habitación y las colocó cuidadosamente sobre la cama. Entonces corrió hasta la ventana, la abrió y saltó.
Cuando sonó el teléfono esperó antes de contestar. Ya sabía la noticia y no quería dar la impresión de estar ansiosa.
-¿Si?-El corazón le ardía y le temblaba la voz.
-¡Lucile! ¡Lucile! ¡Está vivo!-
-¿Qué? ¿Cómo que está vivo?-
-¡Joder! ¡Que se ha salvado!-
-Pero...-
Eso no entraba en sus planes. Ella le deseaba una muerte lenta y dolorosa, y él, como siempre, no se dejaba hacer. Y encima esta vez tomaba la iniciativa.
Intentó aparentar alegría, sorpresa, pero lo único que consiguió fue colgar el teléfono y salir al jardín. Gritó y maldijo, y allí, entre las flores, clavó su afilado dardo de ira.
Llamó a un taxi, se puso su mejor vestido, y se sentó en el porche a esperar.
El sol calentaba con fuerza y no se movía ni una brizna de hierba. Cruzó las piernas, apretó la mandíbula, se ajustó la falda hasta las rodillas y agarró fuertemente el bolso. Entonces comenzó a llover.
Tenía las piernas y cuatro costillas rotas, pero seguía respirando. Se palpó el costado y se quejó. No podía entender cómo no se había roto el cuello, cómo seguía viviendo. Intentó levantarse, pero fue inútil. Se arrancó el goteo, se incorporó, y quiso llegar de nuevo a la ventana.
-Le aconsejo que no vuelva a intentarlo. Desde aquí, puede que lo consiga- le dijo la enfermera.
Le ayudó a levantarse.
-Es una muerte lenta...-le dijo
-Que yo sepa, tirarse de un décimo piso es fulminante-
-No me refiero a eso. Hablo de morir envenenado...-
Una lluvia torrencial la acompañó hasta la puerta del hospital. Se bajó del taxi y se dirigió lentamente hacia la entrada. Pidió el número de la habitación y subió a la décima planta.
Los enfermos se agolpaban en el pasillo en una absurda fila de quejas y agonías. El amargo sabor del sufrimiento se le coló en la garganta y escupió.
-Lo siento, señora, pero no puede estar aquí-
La miró fríamente a los ojos, abrió el bolso, sacó el cuchillo, y de un tajo le seccionó la yugular a la enfermera.
Desde la habitación pudo oír los gritos y supo que ella estaba allí. Quiso correr de nuevo a la ventana, pero estaba atado a la cama. Entonces se tapó con las sábanas y le imploró.
-¿Y si llegamos a un acuerdo? Estoy dispuesto a dártelo todo-
-¿Estás loco? Sería demasiado fácil- y le asestó las treinta y siete puñaladas.
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publicado el 8 Enero, 2009 en canarias7.es (0) comenta
publicado el 3 Enero, 2009 en laopinion.es (0) comenta
publicado el 2 Enero, 2009 en diariodelanzarote.com (0) comenta
Comentarios
¡Ya volvió la ovejita negra al redil! Se echaban de menos tus relatos.
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