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8 de noviembre
La primera vez que me ató las manos pensé en protestar. No es que me doliese demasiado, sólo me molestaba, pero a él le hacía tanta ilusión que no dije nada. Así que cada sábado, desde hace doce años, cenamos tranquilamente, charlamos tomando una copa y, cuando considera que es el momento, aparece con la cuerda.
Aparentemente no tiene nada de especial. Es de grosor medio y textura rugosa, y mide más de dos metros. Una cuerda cualquiera. Pero cuando la trae enroscada entre las manos y la deja sobre la cama me entra un escalofrío... Él dice que soy muy sensible, que al fin y al cabo sólo es una cuerda. Y tiene razón, sólo es una cuerda. Pero cuando noto su aspereza en las muñecas y en los tobillos y da el apretón final me estremezco. Es para que quede bien firme, me dice. Y no lo niego. Cuando termina estoy completamente inmovilizada. Y ahora a disfrutar, amor mío, me susurra al oído. Pero yo no disfruto. Me dice que me relaje, que no sé seguirle el juego. Y es verdad, doce años después no le veo la gracia, y además está empezando a afectarme…
Al acabar me desata dulcemente y enciende un cigarro en la ventana, pensativo, mientras yo aparto la cuerda, asustada. Relájate, amor mío, me dice. Y dormimos. Eso es todo.
15 de noviembre
Cuando me preguntan por las marcas tengo que dar explicaciones. Sólo Laura sabe la verdad y le he pedido que no diga nada. Así que en la oficina piensan que hago escalada, que estoy todo el fin de semana atada a una cuerda. Y no andan desencaminados. Pero últimamente, a medida que pasa la semana y se va acercando el sábado, la angustia me va trastornando y todos parecen notarlo. Y cuando llega el fatídico día reconozco que estoy realmente obsesionada.
17 de noviembre
He ido al mercado y, aunque no sabía qué comprar para la cena de mañana, me he dirigido como por inercia a la carnicería con una mezcla de excitación y náuseas. Y no me hizo ninguna gracia, la verdad: se me pasaban cosas muy raras por la cabeza entre tanto cuchillo y tanta carne desollada. Veía tripas, sesos, fémures, hígados, corazones, y lo veía a él, abierto en canal, colgado en el expositor con los genitales rasurados. Pero lo peor es que me quedé mirando fijamente, atrapada en la visión, mientras el dependiente le cortaba las costillas y me las envolvía en papel. Kilo y medio, señora, y me fui cargando con una parte de mi marido en el bolso. Fue espeluznante, la verdad. Por eso le he pedido que mañana no me ate. Pero se ha enfadado. Dice que me comporto como una niña, que no es para tanto. Intenté explicarle que veo cosas raras en la carnicería, que la cuerda me está trastornando. Estás loca, me dijo, y se marchó al trabajo. Pero yo sé que no estoy loca, sé que es esta cuerda y el contacto con mi piel.
18 de noviembre (11 de la mañana)
Anoche me desperté sobresaltada frotándome las muñecas y los tobillos porque sentí cómo me agarraban los ahorcados y me inmovilizaban para que él pudiese penetrarme. Tengo que deshacerme de esta cuerda antes de la cena.
18 de noviembre (12 y media de la mañana)
La he tirado en el contenedor más cercano y la perspectiva de que esta noche no me ate es realmente liberadora. Además hoy haré lasaña de verduras y beberemos champán para celebrarlo. Le he dado las costillas al perro.
18 de noviembre (5 de la tarde)
Me ha traído un regalo. Dice que ha estado pensando en lo que le dije ayer y que después de doce años ya es hora de cambiar de cuerda, que quizá he establecido una relación de transferencia con ella o algo así. Además, ésta es más moderna, mi amor, y se ajusta mejor, me dijo.
He abierto el paquete y al verla allí, enroscada, me he desmayado.
23 de noviembre

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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
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