Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur
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Repaso lentamente los pliegues de mi rostro ante el espejo y no me reconozco. La frente cuelga sobre los párpados arrugados y resecos. Los pómulos hundidos resaltan mis ojos vidriosos y amoratados, la boca rota, el mentón inflamado, la mandíbula desencajada. Con los dedos entumecidos recorro cada milímetro de piel sucia y deshidratada, y me pregunto por qué.
Golpean la puerta y me doy prisa. El agua fresca me duele sobre las heridas, pero me froto bien la cara. Me seco con cuidado y me aliso el traje. Se impacientan y están a punto de echarla abajo, y cuando salgo el más fuerte me agarra por las solapas y me golpea de nuevo.
Me sientan en esa silla y vuelve a sonar la música. El foco ya sólo es un destello a lo lejos, no me hace daño, pero las preguntas sí. Vuelven a insistir. Les digo que no sé nada, una y otra vez les digo que no la conozco, que sólo soy un viajante. No me creen y, aunque sonrían, van en serio. El más bajo trae unas tenazas en las manos y me las enseña con delicadeza. Dime cuántas veces, sólo eso, me dice. Yo no sé nada, le digo, no me hagas daño, yo no sé nada, y me arranca la primera uña del pie derecho lentamente, sin siquiera perder el pulso por mis gritos y mis desgarradas súplicas. Me desmayo, y cuando despierto siento los latidos y miro, y veo que sangro, y vuelvo a llorar y a suplicar. Él se dirige a mí, compasivo. No tienes pinta de mala gente, me dice, así que no me lo pongas más difícil, y me arranca la segunda mientras me consuela con frases hechas. Vuelvo a desmayarme y mis pensamientos cabalgan desbocados, y me veo en el hotel de mala muerte esta mañana, en la cama, y en la cafetería tomando el café y las tostadas, y calle abajo arrastrando la maleta con el muestrario maldiciendo este tiempo de perros y este oficio de mierda, y llamando a la puerta, y esperando a que ella me abra, nervioso bajo la lluvia, y recibiendo el primer puñetazo que me hizo caer de espaldas sobre la acera.
Me despierta el más fuerte, y me dice que no te duermas maricón, y yo le repito que soy un viajante, que sólo vendo bisutería barata, que recorro las calles vendiendo bisutería barata. Y me dice que si me creo que es idiota, y le digo que por supuesto que no, y me pregunta que quién es la de la fotografía, y le digo que no sé, y ahí es cuando me agarra del cuello y me muerde una ceja y me pregunta que cuántas veces. Le digo gritando que no le entiendo, que yo no sé nada, pero no es lo que quiere oír. Este no suelta prenda, comenta. Liquídalo, le dice, compasivo. El más fuerte saca la pistola y me la mete en la boca. Aquí no, llévalo con ella. Me agarra de la chaqueta y me hace caminar hacia el sótano apuntándome a la cabeza. Bajamos las escaleras a oscuras y tropiezo, y entonces siento el impacto en el hombro. Ruedo por el suelo hasta que me golpeo con algo y me detengo. Él sube y oigo el portazo. Me quedo inmóvil durante un rato, hasta que salen de la casa. Entonces intento llegar a la luz, y me arrastro, y es cuando palpo su pecho, y su cuello, frío, y el collar de falsa amatista que le regalé el mes pasado.
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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
Comentarios
Este relato hasta duele. Espero el próximo.
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