Tenerife / Los Rodeos
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Llevamos tres días esperándola, con el dedo entumecido en el gatillo y empapados.
El flanco derecho de la trinchera se ha derrumbado por la lluvia, y casi no queda espacio a este lado para moverse. De todas formas nadie quiere moverse, por la bala perdida. Oímos el disparo hace tres días y no la hemos visto, así que esperamos agazapados, en alerta.
Hace unas semanas, cuando avanzábamos en campo abierto hacia la línea del frente, teníamos otra idea de la guerra. Nos imaginábamos corriendo en formación, sorteando los nidos de ametralladora, lanzando granadas y gritándonos los unos a los otros charlie a las menos cuarto, cúbreme Nicholson, al suelo Smith, y cosas de ese tipo, puestos de metanfetamina hasta las cejas. Pero ahora, hechos un ovillo, enterrados vivos en esta zanja en medio de la ciudad, esperándola, ya no le vemos el aliciente.
Los treinta centímetros de fango maloliente tampoco ayudan mucho. Además Stevenson no ha parado de vomitar en todo el día, y los cadáveres que flotan en la trinchera se están descomponiendo. Hay que sacarlos de aquí, pero nadie se atreve a salir. Ni siquiera el sargento, que siempre está hablando de huevos y de maricones, y de volarles la cabeza a esos charlies de mierda.
A Bob se la volaron antes de ayer y ya parece que su cadáver va a reventar. Está tan hinchado que juraría que por momentos se eleva. Además se le está agrietando la cara, y unas pústulas amarillentas asoman desagradablemente.
Esta mañana un helicóptero ha sobrevolado la zona y nos ha lanzado munición y alimentos. Lo malo es que han caído en terreno enemigo y ellos lo han celebrado con disparos al aire y esas melodías desafinadas que cantan al amanecer. Nada que ver con los Beastie Boys, la verdad. Han encendido un fuego, y el sargento se está cagando en su madre, y sigue hablando de huevos y maricones, y de volarles la cabeza a esos charlies de mierda que están calentando las judías que nos envió el Tío Sam. Y yo no me lo explico, pero en cierta forma me alegro de que les llueva algo de comida, que tan flacos y con esas barbas da hasta pena matarlos.
Por fin alguien se decide a hacer algo. El cabo Richards, acompañado de seis hombres avanza por el flanco izquierdo y se agazapa detrás de las ruinas de la mezquita. Desde aquí puedo verle, nervioso, dando órdenes a los hombres para que tomen posiciones. Se oyen disparos y cánticos, y él mira en todas direcciones, y uno le alcanza justo en la frente, un disparo, y se desploma entre convulsiones y olor a judías pintas, y yo sigo mirando hasta que deja de moverse, y pienso que quizá la bala perdida ha encontrado un dueño, y quito el dedo del gatillo y me relajo. Entonces una fuerte explosión me tira al suelo y caigo sobre el pobre Bob, que ya apesta como un muerto, y escucho el ruido de motores, y como cesan los cánticos, y el silbido de las bombas que destrozan los morteros enemigos, y sus barbas y turbantes que deben arder como la yesca, y los veo, y sé que ya han pasado ocho días desde que el presidente dijera aquello de misión cumplida, y que aquí seguimos cayendo como moscas en el lodazal putrefacto que ahora cimienta los palacios de Bagdad.
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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
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