"...hacia el noreste, bien entrados en el océano,
entre espesas brumas y en medio de la tempestad,
vimos tierra tal y como yo ahora los estoy viendo a ustedes..."
Diario, Edward Harvey
Después de tres días de navegación, el timonel viró a poniente. Las provisiones eran escasas, los hombres demasiados, y aún así confiábamos en llegar a nuestro destino.
A medida que nos adentrábamos más y más en el océano se alejaba de nosotros la posibilidad del regreso, y ya sólo podíamos avanzar hacia lo desconocido en busca de tierra firme. Y aunque la tripulación estaba curtida por millas de cabotaje, ninguno había penetrado en los confines del abismo. Por eso se palpaba el miedo entre los hombres…
Durante la primera semana nos acompañó una inusual calma que consiguió relajar los ánimos. Los marineros pescaban alegremente en cubierta y siempre podía prepararles un buen guiso, ahora que la fruta fresca empezaba a escasear. El capitán oteaba continuamente el horizonte acompañado de aquel extranjero que sólo tomaba notas y luego se retiraba a su camarote, y en las tranquilas noches todos bebíamos y cantábamos en cubierta mecidos por la brisa fresca. Pero al octavo día, sin saber cómo, nos despertamos en medio de una terrible tormenta.
El viento, que arreciaba con fuerza, trajo hasta nosotros un plomizo cielo que nos envolvió en la más absoluta oscuridad, mientras el mar nos golpeaba con toda su furia. Las velas parecían a punto de reventar, y unos corrían de un lado a otro fijando cabos, y otros desarbolaban, arriesgando sus vidas, el mayor. La violencia de la tempestad aumentaba, y un golpe de mar azotó con ímpetu el castillo de proa haciéndonos virar hacia el norte para desviarnos de nuestra ruta y de cualquier posibilidad de llegar a puerto. El timonel intentaba retomar el rumbo, pero era imposible luchar contra aquel gigante de espuma que zarandeaba el barco como una cáscara de nuez.
Una vez recogido el velamen y estabilizada la carga de cubierta, la tripulación bajó a trompicones a los camarotes. Estaban agotados y no paraban de maldecir la hora en la que zarparon. Parecían asustados, y aunque el capitán intentaba tranquilizarlos, aquellos hombres habían perdido la fe: todos sabían que tan al norte sólo encontrarían la muerte. Hablaban de leyendas de monstruos marinos, de sumideros gigantescos que conducían al centro de la tierra, de buques fantasmas que, en la noche, abordaban sin piedad a los que osaban adentrarse allende los mares… Sin duda el pánico se había adueñado de los marineros. Por eso los gritos se fueron transformando en alaridos, la impotencia en rabia, y ya rodeaban al capitán entre insultos y amenazas de muerte cuando apareció aquel extraño hombre con dos mosquetones en ristre. El primer disparo fue al aire, pero el segundo le destrozó la cabeza al piloto. Con eso fue suficiente. Los hombres se fueron calmando y la tempestad, quizá también temerosa, se alejó poco a poco dándonos un pequeño respiro.
A la mañana siguiente hicimos inventario de los destrozos. El trinquete se había partido por la mitad y el mayor peligraba desde la base. El mascarón de proa había desaparecido, y en su huída había abierto una peligrosa brecha en el casco. Los camarotes estaban inundados, el suelo de cubierta se había levantado y la bodega era un caos. Pero estábamos vivos. Una ligera lluvia nos acompañaba mientras el capitán y el extranjero trataban de situarnos en medio de aquella inmensidad…
Después de dos días a la deriva, ya sin agua, comiendo el pescado crudo que yo aderezaba con el poco vinagre que nos quedaba, y al borde de la locura, llegó el milagro: desde el marchapié del mayor, uno de los hombres avistó tierra. El capitán ordenó izar velas y, de nuevo rumbo a poniente, nos dirigimos hacia nuestra salvación.
A media milla de distancia echamos el ancla y botamos los esquifes. Remamos hacia una ensenada mientras el capitán sondaba las aguas y el extranjero tomaba notas. Teníamos buen calado, así que podíamos fondear el barco y, con suerte, arreglarlo para nuestro regreso. Mejoraba poco a poco el ánimo de la tripulación…
La costa era abrupta y volcánica, casi sin vegetación, pero más arriba veíamos plantas muy frondosas y eso nos hizo albergar la esperanza de encontrar agua. No sabíamos si aquello era alguna isla del océano o un trozo de tierra firme, pero aquel extranjero parecía excitado y no paraba de abrazar al capitán que se lo quitaba de encima como podía. Quizá habíamos dado, como por arte de magia, con el terreno ignoto que él buscaba, con la isla del poniente.
La ensenada estaba rodeada por un agreste acantilado que se suavizaba en la cara oeste hasta derramarse en una pequeña playa. Hasta allí llevamos los esquifes, descargamos los toneles y caímos agotados en la arena. Estábamos salvados.
Mientras descansábamos unos minutos, una avanzadilla se adentró en la espesura. Al cabo de media hora los hombres regresaron con un tonel cargado de agua fresca que decían haber encontrado no muy lejos de allí. Con este descubrimiento y con la cercanía de la noche, el capitán ordenó levantar el campamento. Mañana ya iniciaríamos la expedición de los alrededores…
Recogimos leña de los árboles cercanos para preparar una hoguera, mientras algunos marineros intentaban pescar algo. Por fin, después de mucho tiempo, pudimos llevarnos un bocado caliente al estómago y sentarnos a la lumbre como seres humanos.
Hacia la media noche, cuando ya dormíamos agotados, un terrible aullido, un alarido que sólo una criatura infernal sería capaz de emitir, nos estremeció de pánico. Provenía del interior, de la espesura, y hasta el más valiente de los marineros salió despavorido hacia los esquifes. El capitán le arrebató una de las armas al extranjero y dio dos disparos al aire mientras ordenaba a los hombres que regresaran, que con esa oscuridad se perderían en el mar. Logró tranquilizarlos, pero aquella noche, mientras permanecíamos despiertos montando guardia, juramos abandonar aquella tierra al amanecer.
Y llegó la luz del día y con ella otro descubrimiento estremecedor: las paredes de aquel acantilado estaban talladas en forma de rostros humanos de unas dimensiones descomunales y en actitud amenazante. Realmente daba pánico aquellos enormes ojos que nos miraban con desprecio. La tripulación estaba muy asustada, pero no quedaba otro remedio que intentar arreglar la nave si queríamos volver con vida. Y eso hicimos, con la continua sensación de que éramos espiados. Sólo el extranjero parecía disfrutar de la situación. Tomaba notas, hacía dibujos, e iba de aquí para allá recogiendo muestras de plantas mientras murmuraba algo en su extraña lengua.
A media mañana ya habíamos conseguido reforzar la base del mayor, y trabajábamos en el agujero del casco cuando el capitán pidió voluntarios para acompañar al extranjero hacia el interior prometiendo doblar la paga. Como era de suponer, después de lo acontecido, ninguno estaba dispuesto, pero el extranjero, fuera de sí, era capaz de todo. Armó el mosquetón y, apuntándome a la cabeza, me obligó a cargar con sus utensilios y seguirle. Así es cómo me vi envuelto en la situación en la que ahora, mientras escribo estas líneas, me encuentro…
El capitán dijo que nos esperaría sólo hasta el atardecer, por lo que no teníamos más que un par de horas. Empezamos a ascender por una cuesta muy pronunciada y no tardamos en encontrar el riachuelo. La vegetación era muy espesa y los líquenes alfombraban el terreno dificultando nuestro ascenso. Unas aves muy extrañas saltaban de rama en rama, y enormes ratas albinas corrían a sus madrigueras a nuestro paso. Tras una hora de camino llegamos a un extenso valle sembrado de árboles gigantescos que levantaban más de sesenta pies del suelo. En la cara norte se distinguían dos montañas que parecían el punto más alto del territorio que pisábamos. Hacia allí nos dirigíamos cuando, bajo nuestros pies, la tierra comenzó a temblar. Los pájaros callaron de repente, y tras una pausa que me pareció eterna, aquel alarido infernal. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, empecé a sudar y estuve a punto de desmayarme. Realmente era como si una enorme bestia se desplazara gruñendo a mi encuentro. No se el qué, pero algo me tiró al suelo con violencia y debí golpearme con una piedra. Perdí el sentido, y cuando desperté me hallaba sumido en la oscuridad y completamente solo en medio de aquel valle del diablo.
Desanduve mal herido el trecho que me separaba de la playa con la esperanza de encontrar a mis compañeros, pero cuando llegué no había rastro del barco y de la tripulación. Me habían abandonado.
La hoguera conservaba algún resto de brasa, y después de avivar el fuego me tumbé desolado a llorar mi destino. Fue en ese momento cuando apareció un bote a lo lejos, y me levante con las pocas fuerzas que me quedaban, y grité desesperado, y caí al suelo agotado y a punto de perder de nuevo el sentido…
Cuando abrí los ojos ya era de día. El esquife del Cruz del Sur, completamente vacío, había varado en la playa empujado por la corriente. Nadie había venido a por mí. Estaba totalmente solo en un territorio desconocido y hostil en medio de la inmensidad del océano.
Ahora, tres años después, otra vez en alta mar, en el esquife que tantas veces me ha salvado la vida, escribo estas líneas y las lanzo a lo lejos con la esperanza de que alguien las encuentre, mientras otra tempestad me devuelve de nuevo a la non trubada, de donde me es imposible escapar.
Comentarios
Tus relatos me están enganchando. Enhorabuena. Yo también espero el siguiente.
Se agradece encontrar una web en la que el nivel general de redacción es bueno.
Saludos
sagitta
Precioso el relato de La Perdida, La Encubierta, La Encantada, La Inaccesible. Espero el siguiente.
¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!
He estado unos días fuera, con el tiempo justo para envíar los relatos y salir pitando, y no he podido responder a los comentarios... Gracias a todos, una vez más.
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