Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur
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Al llegar la noche preparábamos los petates y dejábamos la cabaña. Mi madre iba delante, tirando de mi hermana pequeña para que se diese prisa, y yo detrás, cubriendo la retaguardia. Las demás familias hacían lo mismo, pero no íbamos en grupo. Mi madre decía que cualquiera de ellos podía ser un enemigo y que había que ir con cuidado. Y era cuando me empezaban a sudar las manos y el corazón se me aceleraba y le pedía a Adroa, el creador, que nos protegiera.
Atravesábamos los campos de café y al cabo de tres horas llegábamos a la ciudad. Y en la ciudad todo era diferente y los demás ya no eran enemigos, y entre todas las familias preparábamos los catres para dormir bajo el puente a la luz de la hoguera. Era cuando me calmaba y le daba gracias a Adroa, el creador, por cuidar de los míos. Hay que ser agradecido con Adroa porque a veces es bondadoso y a veces cruel.
Al alba escondíamos los cartones entre la maleza y desandábamos el camino hacia el poblado, pero ahora sí íbamos todos juntos y mi madre cantaba, como los demás. Yo no cantaba, tenía que cuidar de los míos.
Después de desayunar, los más pequeños iban a la escuela y los demás a recolectar el café. Yo nunca he probado el café. Lo recolectábamos, lo metíamos en sacos y lo llevábamos a la ciudad. Mi madre decía que era para el hombre blanco, para que se pusiese oscuro y fuese persona como nosotros, y que si lo probabas Adroa, el creador, vendría de noche para arrancarte medio cuerpo. Y era verdad: a Joseph Lwanga lo encontraron entre la maleza con un ojo, una oreja, una pierna y un brazo. Lo demás se lo llevó de un tajo Adroa, el creador.
Una noche, mientras viajábamos a la ciudad, creí ver a Adroanzi, el hijo de Adroa. Sentí su presencia detrás de mí, saltando sobre el arroyo y riendo. Caminé más deprisa, y más deprisa, y cuando las luces de las farolas ya estaban cerca, se marchó jurándome que vendría a por mí. Esa noche, ni debajo del puente pude dormir. Sólo me senté y di alguna cabezada mientras le pedía a Adroanzi que no me llevase con él. Al alba, cuando desandábamos el camino hacia el poblado, se lo conté a mi madre y se puso muy nerviosa, y habló con el señor Kalemba, y me preguntaron que cuantos eran y que si tenían armas, y yo les dije que no, que era Adroanzi, el hijo de Adroa, y el señor Kalemba me dijo que eso eran tonterías, y que tuviese cuidado, que los hombres del norte rondaban el poblado. Y era muy sabio, el señor Kalemba: cuando llegamos al poblado todo ardía.
Mi madre salió corriendo para intentar salvar lo poco que teníamos y el señor Kalemba le gritó que si estaba loca, que iba a morir abrasada. Y tenía razón el señor Kalemba: el techo se vino abajo y allí quedó mi madre, atrapada entre sus pocas pertenencias. Y fue lo mejor que le pudo pasar a la pobre, porque cuando aparecieron los hombres del norte a las demás mujeres las metieron en la iglesia, y yo no se qué les hacían, pero sus gritos eran insoportables. Luego se oía un disparo y el silencio.
Nos pusieron de rodillas en el suelo, y yo le pedía a Adroa, el creador, que no nos abandonara, pero abandonó al señor Kalemba que allí mismo perdió su cabeza, y abandonó al señor Balumba que tuvo que decidir entre perder un brazo o un pie, y cuando ya lo había decidido le dijeron que no, que ya era tarde, y con la fuerza de Adroa, de un tajo, le cortaron el brazo y el pie.
Yo creo que me desmayé. Sólo se que cuando desperté estaba en las montañas del norte.
Aquí tengo que ser obediente si quiero salvar mis brazos y mis pies, y desde entonces cargo con mi AK-47 y con mi machete. Vamos en grupo, por las noches, y quemamos aldeas y violamos mujeres para que Adroa, el creador, no nos arranque la mitad de nuestro cuerpo.
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publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
publicado el 12 Noviembre, 2008 en La Opinión de Tenerife (0) comenta
Comentarios
Es la triste historia de la miseria y la ignorancia que engendran más ignorancia y miseria en todo el mundo cuando no hay posibilidad de escape.
¡Qué crudeza! Lo lógico sería preguntarse qué mente tan enferma puede escribir esto, pero lo triste es que esto ocurre... con demasiada frecuencia.
ZX, no creo que le mueva la lógica al hacerse esa pregunta, sino quizá la inercia de "matar al mensajero". Pero, por si es de su interés, le diré que este relato podría ser la historia de cualquiera de los 40.000 niños que, en el norte de Uganda, abandonan sus aldeas todas las noches rumbo a la relativa seguridad que les ofrece la gran ciudad, para escapar del secuestro y posterior movilización en el Ejército de Resistencia del Señor (LRA), y que, cuando despunta el alba, regresan a sus aldeas para ocuparse de las tareas del campo. Son conocidos como "los viajeros nocturos". Los que no logran escapar del secuestro pasan a ser niños soldado o/y esclavos sexuales de los soldados de las montañas del norte. Desde principios de los 80 van 30.000.
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