En épocas de crisis (y la historia de la humanidad no es sino eso, la historia de una caída, una pandemia, una sequía, una hambruna, un desastre natural, el agotamiento de un modelo, una guerra seguida de una remontada para recuperar nuestra presencia, casi nunca beneficiosa, en el planeta Tierra) siempre surgen voces apocalípticas.
Desde las siete plagas de Egipto, el arquetipo del castigo divino, siempre que nos enfrentamos como comunidad a un cambio, alguien vocifera mentando a lo intangible para meternos miedo.
Desde hace más de 3.000 años, cuando una parte de la sociedad (un gremio, un colectivo, o un foro de discusión) percibe bajo sus pies cómo se tambalea el suelo de sus privilegios, nos echamos a temblar el resto de los mortales.
Por ejemplo, cuando la santa madre iglesia entendió que se le agotaban sus 1.000 años de poder absoluto, entendió que el "lumpen de la calaña humana" invadiría su patrimonio, y sacó a la calle la hoguera, el potro y otras lindezas con las que aplacar a los herejes que osaban a imaginar que el paraíso terrenal era de todos, lo que significa, al fin y al cabo, negar por la vía expeditiva lo que predicaban. Todo por mantener sus privilegios, aunque eso incluyese la demonización de los inocentes.
Cuando Luis XVI perdió su cabeza, también una parte de la sociedad había sentido que una parte de sus privilegios se veían en peligro ante el soberano despotismo de una monarquía que llevaba dos siglos gobernándola. Y también nos echamos a temblar el resto de los mortales, porque, a pesar de que "el hombre es bueno para el hombre", la guillotina no.
Imaginemos por un momento: si yo, en los tiempos que corren, fuese telegrafista estaría jodido. De repente, y después de una larga tradición familiar de telegrafistas, (coño, ¿y por qué yo?) estaría viviendo lo que se podría considerar una pandemia, una hambruna, casi un desastre natural para mi oficio, y me preguntaría consternado y seguramente airado: ¿quién coño ha inventado el móvil y la web 2.0? Los cimientos de mi vida se habrían venido abajo porque, a pesar de que las comunicaciones a larga distancia son buenas para el hombre, el móvil, para un telegrafista, no. Estaría jodido, pero siempre me quedaría el derecho, avalado por la historia, como gremio y como individuo, al pataleo, a quejarme de que mientras tú cambias yo estoy atado, a que si yo siento que el suelo de mis privilegios tiembla, tengo el derecho a meterte miedo.
Menos mal que no soy músico, porque si no te diría lo que Aute: "En cinco años esto desaparece. No habrá ni canciones, ni música"
Dime la verdad, ¿no te daría miedito?
Comentarios
quizás al acabar este circo de poderes y consumismo nos quede la verdad...
No se que es peor si el miedo o la incertidumbre.
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