Cuando Christian nació, su madre lo tuvo muy claro. Su hijo padecía síndrome de Down y en Tenerife los servicios sociales eran, allá por los años 80, bastante deficientes. Teresa Queipo no quería que su pequeño se educara en un colegio que no se esforzara por desarrollar todo su potencial, ni que pasara las horas en un centro "más parecido a un cuartel que a otra cosa". Así que vendió todo lo que tenía, hizo las maletas y se fue de viaje en busca de un lugar perfecto para Christian. Después de un tiempo en Madrid, acabó aterrizando en Alemania. Allí, vivió sin papeles durante muchos años para que su hijo pudiera disfrutar de unos servicios sociales a años luz de los españoles. Trabajó haciendo de todo y resistió, porque su hijo era feliz: en unos meses, el niño ya hablaba alemán. "¿Esto existe?", se preguntaba cada día.
En Berlín, Christian asistía a clases de seis alumnos con dos profesores. La residencia en la que estaba tenía piscinas, canchas para hacer deporte y cada cierto tiempo se organizaban viajes para los alumnos. "Llegué a hacer el cálculo una vez y la atención en ese centro podía costar al mes más de un millón de pesetas. Pero todo lo pagaba el Gobierno alemán", recuerda.
Teresa está buscando familias con hijos con síndrome de Down para, entre todas, montar su propio piso tutelado y dar a estos jóvenes la vida social que merecen
Consciente de que ahí estaba el futuro de su hijo, decidió quedarse por una larga temporada. Sin embargo, llegó un día en que Teresa necesitó volver a Tenerife. Aquí comenzó una nueva vida y hoy regenta, junto a su marido, varios restaurantes. Su hijo ya tiene 27 años y ahora mismo permanece en casa acompañado por una cuidadora, pero solo. Además, hace tres años que Christian ha comenzado a padecer ataques de epilepsia, "por lo visto algo bastante frecuente a partir de los 20 años", explica.
"Trabajo unas 15 horas diarias y ahora, como están las cosas en España, la situación es más difícil". Teresa asegura que está desbordada. Jochen, su pareja, ha dejado de trabajar para ayudar en la atención de Christian. Para ella, la realidad asistencial de Canarias no tiene nada que ver con la alemana. "He hecho todo lo que ha estado en mi mano para que mi hijo tenga una plaza en un taller. Son muy pocas, aunque hay muchas que no se dan. Cientos de familias esperan por una de ellas, así funciona la isla", dice.
Sin embargo, se le ha ocurrido una idea. Convencida de que tiene que haber más padres en esta misma situación, viendo como sus hijos pasan las horas solos sin apenas hacer vida social, ha decidido hacer una llamada para reunir a algunas de estas familias y abrir un piso tutelado propio. Según ella, bastaría con la pensión que recibe cada uno de la Seguridad Social más una pequeña aportación, justo lo suficiente para pagar el alquiler de la vivienda, el personal necesario y algunas actividades en el exterior. Además, planea presentar el proyecto al Cabildo, por si está interesado en darle su apoyo. "Ellos son autosuficientes, se visten solos, comen solos... Pero no pueden estar sin compañía".
La idea es que cuenten con tutores que los lleven al cine, al teatro, a pasear por el parque. Incluso los propios padres se encargarían, con un sistema de turnos, de la cocina. "Con pequeñas cosas son muy felices. Tienes que ver su cara cuando van a ver una película", señala Teresa. Con ellos permanecerían tres horas al día en un entorno conocido, "un mundo sencillo adaptado a sus necesidades". Todo ello para no ver a su hijo "en residencias de siete camas por habitación, más parecidas a cuarteles que a otra cosa".
Teresa incluso se ha planteado extender a Alemania su llamada a los padres de jóvenes con síndrome de Down, ya que está convencida de que a muchos les gustaría este lugar para sus hijos, por el clima y la tranquilidad de muchas zonas. "Tiene que haber muchos padres en esta situación y por eso me he decidido a dar a conocer esta iniciativa. ¿Por qué no?". Para Teresa, todo es posible. Y más si se trata del futuro desarrollo de su hijo como persona.
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