Tenerife / Los Rodeos
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Otra vez ha llegado el verano y volvemos a tener enfrente una gran variedad de festivales que nos tientan a salir y escuchar lo que cuenta la comunidad musical global. Algunos dicen que el Canarias Jazz & Más lleva un tiempo despistado, sobre todo en lo que se refiere a los artistas invitados. Y la verdad es que ya no es como antes, cuando nos encontrábamos con cabezas de cartel como Wayne Shorter, Pat Metheny o Herbie Hancock. Sin embargo, el festival sigue siendo una institución caracterizada por traer a los artistas y músicos que se mueven dentro y alrededor de este género elusivo que llamamos jazz. Podríamos incluso decir que este año fue un triunfo, porque no se suspendió ninguna actuación, los invitados llegaron y tocaron. El tiempo se portó bien y todos disfrutaron. ¿O no?
Todo comenzó bastante bien el primer día, con la presentación del nuevo proyecto del tinerfeño Kike Perdomo, cuyo grupo mezcló bases de funk con melodías y armonías contemporáneas, llegando deep in the pocket. La banda avanzó con golpes muy concentrados, creando un espacio abstracto. El telonero, Pee Wee Ellis, nunca tuvo tales intenciones, por lo que sacó otra versión del funk, mucho más en la tierra. Sin embargo, nadie se quejó cuando sonaron estándares como "Pass the peas" o "Chicken soup". La verdad es que los grooves de Pee Wee y su grupo británico fueron los más bailables.
Para el que escribe, quizá la segunda noche fue la más completa. Empezó con Lizz Wright. Nadie me avisó de que llegaba esa voz de sirope, oscura y lenta, que chorreó por todo el público. La gente calló, más de lo normal, para recibir esos blues georgianos como si fueran joyas del pantano. Esta fue la calma que precedió a la tormenta del guitarrista Nguyên Lê. Este tipo, junto al saxofonista Rick Margitza, lanzó todo tipo de fuegos artificiales. Su bajista y batería apoyaron este ataque con sensibilidad, dando lugar a un sonido denso con referencias al free jazz, pero también a la música vietnamita y más.
El domingo siguiente volvieron a La Laboral el compositor brasileño Ivan Lins y la cantante Nnenna Freelon para encantar los laguneros con su música popular brasileña. La pena fue que los músicos y el público tuvieron que aguantar un sonido muy malo. El cuarto día tuvo lugar el show de bajistas, que empezó con Kyle Eastwood. Parecía que el tío no tenía ni muchas ideas para sacar de su bajo ni energía para tocarlas. ¿Por qué se puso de pie el público al final? ¿Por qué es el hijo del Harry el sucio o por que quería convencerse de que había tocado algo bonito? Todas las dudas se disiparon con la brisa cuando tocó el turno a la bajista y cantante Esperanza Spalding. Ni su contrabajo roto (gracias a Binter, que no la compensó) podía quitarle las ganas: su onda fue muy brasileña y se notó que a esta mujer le gusta tocar y cantar.
La siguiente noche se celebró el único concierto al más puro estilo straight ahead, con el nuevo disco del guitarrista grancanario Yul Ballesteros y el quinteto de Santoro-Magnarelli. Si estabas buscando neo-bop de calidad, ahí estaba él con temas llenos de armonía, frases largas y melódicas. Sobre los Spyro Gyra, respeto que muchos disfrutaran, pero la verdad es que me pareció un show demasiado típico. Y es que el funk ha evolucionado bastante y no tiene que ser siempre como la banda sonora de una película porno de los ochenta: es graciosa por cinco minutos, pero después aburre.
Después de bajar a los Crusaders al hotel Mencey, llegué a tiempo para ver Toto Bona Lokua. Fue una gran decepción. Es conocida la potencia musical que tiene Bona y por eso muchos nos quedamos esperando por un momento mágico que nunca llegó: los tres componentes lanzaron algunas indirectas, pero el "Chocolate cake with cream and raspberries" de Toto fue muy poco profundo y duró demasiado. Perdí los dos conciertos del día siguiente, así que si alguien quiere comentar sobre Polo Ortí y los New York Voices, debería hacerlo.
The Crusaders y la Nils Landgren Funk Unit fueron otros de los cabezas de cartel, pero sólo pudieron llenar menos de medio auditorio. Los temas no llegaron a encender al público. Pensábamos que la Funk Unit mejoraría la situación, pero sus maniobras y las de Ray Parker Jr. sonaron igual a lo que se oye en los bares para los extranjeros de Las Américas. ¡Y había que pagar para esto!
Al final fue la cantautora Madeleine Peyroux la que nos transportó a otro lugar, no con caña sino con mucho feeling. Sonó como country jazz con un toque bohemio y nos hablaba de la soledad y la esperanza. Con una voz sensible y un grupo que respondía, logró hacer que el espíritu de Leonard Cohen y Bob Dylan apareciera en la sala. Ya sé que no se puede tener todo, pero seguiremos esperando que el año que viene los organizadores pasen de artistas comerciales y se atrevan a traer músicos más audaces, de los que tocan para salvarnos la vida aunque sólo sea por una noche.
Nota de la redacción: Peter Mohorovsky, el vecinoreportero autor de esta crónica, es un etnomusicólogo californiano afincado en Tenerife que ha trabajado en varias ediciones del festival como conductor de la furgoneta que traslada a los artistas. La actuación que aparece en el vídeo es la de Esperanza Spalding.
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publicado el 22 Noviembre, 2008 en as.com (0) comenta
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publicado el 21 Noviembre, 2008 en elmundo.es (0) comenta
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