Dos de los expertos presentes en la mesa Ciudadanos conectados: ciberactivismo de Icities se mostraron tajantes: o te reconviertes y permites la participación del ciudadano de una forma dinámica, o serás un cadáver político. "Esto es lo que vendrá en cinco o diez años y los políticos que no lo asuman acabarán asados en un horno con una manzana en la boca". Sebastián Lorenzo, de la fundación Generación Libre de Argentina, no podía haber sido más explícito. O compartes o desapareces.
El problema es que incluso la mayor parte de la población, de los votantes, no es consciente de la revolución que está teniendo lugar, unos cambios que han sido posibles gracias a las nuevas tecnologías y al desarrollo del software social. César Calderon, experto en ciberpolítica y activismo digital, ve ya una clara diferenciación entre dos sociedades: la 1.0 y la 2.0. Pero, ¿qué es eso de 2.0? En pocas palabras, podría entenderse como un sistema basado, fundamentalmente, en la colaboración entre ciudadanos, en la información compartida y en el diálogo. "Placer de compartir, horizontalidad, ética hacker, hacer cosas que nos divierten y aprender todos juntos".
"En la 1.0, el ciudadano que quiere relacionarse con el Gobierno necesita la mediación de la sociedad civil, que es la que traslada esas necesidades de la población a las administraciones. Hay algo que no permite la comunicación directa con quien toma las decisiones. En la 2.0, simplemente, ese obstáculo desaparece".
Sin embargo, Calderón ve un problema de base a la hora de materializar esta revolución: hay muchas generaciones, sobre todo las que no han crecido en la era digital, que no son conscientes de que se está pasando por ese cambio. "Debemos mentalizarnos de que los intermediarios sociales comienzan a perder papel y de que somos los ciudadanos los que tenemos que relacionarnos con los poderes públicos".
El ciudadano se ha transformado en un potencial habitante orquesta: un músico de la comunicación capaz de crear vídeos, compartirlos en internet, opinar e informar en un blog
Hace sólo cinco o siete años, las posibilidades de participar en las decisiones de los poderes públicos eran nulas. Hoy, las herramientas disponibles son interminables: telefonos móviles, blogs, redes sociales, mecanismos de todo tipo para hacer que, por una vez, la voz del ciudadano se escuche. El habitante se aparece ante César Calderón como un potencial humano orquesta: un músico de la comunicación que es capaz de crear vídeos, compartirlos en internet, opinar e informar en un blog. Hacer, en definitiva, todo lo posible para que su voz se escuche.
El ciudadano está preparado. Pero, ¿están los políticos listos para apuntarse a esta nueva forma de relación con los gobernados? El jefe del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, presentó hace unos meses una iniciativa, El presidente responde. En ella, se compromete a responder a cualquier cuestión a todo canario que lo solicite, en el plazo de diez días y vía correo electrónico. La propuesta, lanzada como toda una innovación por el Ejecutivo, ha llegado a destiempo.
Hoy, el correo electrónico se ha extendido plenamente. Es verdad que es más rápido que una carta tradicional y que está en todos los hogares. Pero ya hay cosas mejores, inmediatas. Rivero podría debatir en tiempo real con sus gobernados, recibir sus quejas y propuestas, rebatirlas, reposarlas, compartirlas y crear política, mano a mano, con sus ciudadanos. Pero, ¿cómo? "Los políticos deben tender al uso de las redes sociales para comunicarse con los ciudadanos", de nuevo, Calderón tiene la respuesta.
Las redes sociales, sistemas abiertos que permiten la comunicación recíproca con otras personas aunque no las conozcamos, acceder a sus grupos de amigos y, en definitiva, poner en práctica la teoría de los seis grados, se revelan como la fórmula perfecta, según este grupo de expertos, para lograr una interacción efectiva entre gobernante y gobernado. Quizá dentro de diez años, visto lo visto, el Gobierno decida utilizar algo parecido a Facebook para este fin. Aunque entonces quizá sea otra vez demasiado tarde.
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