La entrada en la Iglesia Católica tiene lugar, en la mayoría de los casos, cuando apenas hemos comenzado a vivir en este mundo. El bautismo, un acto social casi inevitable tras el nacimiento de un niño, es algo que hoy por hoy dura para toda la vida. ¿Cuántas personas han decidido por voluntad propia formar parte de esa iglesia? Muy pocas. Y darse de baja es en estos momentos tan complicado como cambiar gratis de compañía telefónica antes de que venza el compromiso de permanencia. Sin embargo, muchos siguen intentándolo.
Entrar en esta religión es tan sencillo como que te mojen la cabeza. En apenas unos minutos, cualquier nuevo ciudadano español entra a formar parte del censo católico, una confesión que ve como cada año baja más el número de sus practicantes. Pasado el tiempo, muchos de esos feligreses a la fuerza deciden abandonar su iglesia por diversos motivos: ateos convencidos, homosexuales descontentos, gente que prefiere otra opción religiosa... No encuentran más que obstáculos.
Los obispados y arzobispados se resisten, y no es de extrañar. Todas las encuestas dan cuenta de un interés por la fe católica cada vez menor, igual que baja el número de personas que comulga con esta confesión, los matrimonios eclesiásticos y la asistencia a misa. Es más, mientras que en 1991 un 41 por ciento de los españoles marcaba la casilla de la Iglesia Católica en su declaración de la renta, en 2005 este porcentaje bajó hasta el 34%. Y cada vez son menos.
Pero los interesados en abandonar su compromiso natal con la fe se están organizando. Las solicitudes masivas de apostasía (abandono del catolicismo adquirido con el bautismo) se suceden a lo largo y ancho del territorio nacional, llegando incluso más allá: dadas las reiteradas negativas de las autoridades eclesiásticas, muchos de los afectados han recurrido a otro organismo, la Agencia Española de Protección de Datos.
De hecho, la legislación en esta materia choca frontalmente con la postura de la iglesia, que inscribe a sus clientes cuando estos aún no tienen conciencia, impide la ruptura del contrato pasados los años y conserva sus datos personales en archivos que incumplen toda legislación de seguridad. Imagine que, al nacer, sus progenitores le compraran un teléfono móvil de contrato en una compañía determinada, que ésta no satisficiera en el futuro sus expectativas y que, pese a eso, jamás pudiera abandonarla, contribuyendo además a mejorar con su presencia las estadísticas anuales de la empresa. ¿Injusto, no?
La Agencia de Protección de Datos reconoce que los libros de bautismo son bases de datos y que los reclamantes tienen derecho a que se especifique en estos que han abandonado la fe
La ola de solicitudes de salida de esas bases de datos ha llegado ahora a Tenerife. Los interesados, lejos de hacerlo de forma aislada, se están organizando para recoger cartas de apostasía y remitirlas de forma masiva a las autoridades eclesiásticas. La próxima campaña tendrá lugar el próximo 17 de mayo a las 19 horas. El Centro Cultural Tahime, en La Laguna, ha organizado una puesta en común sobre la apostasía que marcará el comienzo de la recogida de peticiones. Los requisitos son mínimos: sólo hace falta rellenar una instancia (en la que es necesario especificar la parroquia de bautismo) y adjuntarle una copia compulsada del DNI. Lo demás queda en manos de la Iglesia Católica.
Los organizadores de la iniciativa sostienen que "la apostasía es una declaración de ausencia de fe" que conlleva "una separación total de la iglesia, la anulación de nuestra acta de bautismo y resto de sacramentos, y no poder realizarlos más adelante ni solicitarlos para nuestros hijos hasta que ellos puedan decidirlo por su cuenta". Sólo piden una cosa: ser borrados de su listado de miembros.
Los detractores de este tipo de iniciativas alegan a menudo que los apóstatas no tienen por qué formalizar su situación, ya que consideran que esas acciones "pertenecen a la conciencia de cada uno". Pero lo cierto es que hay mucha gente descontenta por los derroteros que ha tomado la doctrina de la iglesia y sus posicionamientos políticos. Y contra eso han decidido, precisamente, acometer una acción política de rechazo a su presencia en el censo católico.
Pese a todo, son conscientes de que el camino que han elegido no está libre de obstáculos. "La Iglesia suele responder pidiéndote una entrevista personal, solicitándote tu acta de bautismo, remitiéndote a tu parroquia o simplemente no respondiendo nunca a tu carta", afirman. A su juicio, este listado de fieles es, en buena medida, su arma a la hora de negociar la financiación estatal que reciben.
Las cosas van cambiando poco a poco. La Agencia de Protección de Datos reconoce que los libros de bautismo son bases de datos y que los reclamantes tienen derecho a que se especifique en estos que han abandonado la fe. De hecho, ha lanzado ya varios ultimátum a distintos arzobispados para que eliminaran de sus listados a ciudadanos que lo han requerido. La respuesta: un proceso judicial interminable, aunque alguno ha dado sus frutos.
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