Cuando llevas casi 30 años subido a un escenario y más de 20 discos publicados, te importa un carajo lo que se diga de ti. Ya no tienes que convencer a nadie. Los que te van a ver saben de sobra quien eres. No hay concesiones, ni dobleces ni palabrería barata. Si te gusta, bien, si no, aire. Así es Loquillo y así se presentó este sábado en Santa Cruz, demostrando que sigue siendo uno de los personajes más grandes (y no por la altura) del rock nacional.
Fue un concierto de empate. Media parte para él y la otra para el público. En la primera se gustó aireando su nuevo disco, Balmoral, que salió a la venta hace menos de un mes, y en la segunda tocó los temas de siempre, los que lo han puesto donde está. Y ése fue el problema; ahí fue en lo que flojeó, en el reparto de los tiempos. Por muy pasota que seas no puedes olvidar el quién te va a ver. En la carpa del parque marítimo no estaba la generación del youtube, la que si acaso quiere oírte se baja toda tu discografía del tirón en el emule. No. Estaban los que aún guardan en su casa un ejemplar en vinilo de La mafia del baile, los que ahora pintan canas, los que rondan la cuarentena, los que un día llenaron el Taburete, emblemático pub rockabilly de Santa Cruz, cerrado hace años.
Y esos, la mayoría, se quedaron insatisfechos, con el caramelo en boca y la sensación de que les habían robado medio concierto. Con todo, el segundo tramo supo a gloria. Levantó a la gente con Rock and roll actitud, El ritmo del garaje (cualquier noche los gatos…), El rompeolas y Rock and roll star. Al final, cómo no, cerró con Cadillac solitario. Fue un broche antológico.
Con los años, en cuanto a la puesta en escena, ha renovado un par de cosas, normal, el tiempo pasa para todos. Sigue vistiendo de negro pero ahora no se quita la chaqueta ni aunque haga un calor abrasador (los michelines no perdonan); ha metido a una piba en la banda y ha dejado el Jack Daniel’s en favor del cava catalán. Eso sí, no ha cambiado de peluquero y hay detalles con los que todavía demuestra que pasa de las normas: en la sala no se podía fumar y él se encendió tres o cuatro cigarrillos. En fin, sigue yendo de sobrado.
Al margen de Loquillo, es valorable que los organizadores de estos conciertos hayan cambiado la discoteca del parque marítimo por una carpa con pinta de flotador de playa en la que, a pesar de ser un horno, por lo menos se puede escuchar música (lo de antes era infumable). Lo malo es que la compañía de cerveza que patrocina el evento (Dorada) afea su imagen cobrando las cañas al prohibitivo precio de tres euros. Si ya se gasta una pasta en montar el concierto ¿por qué luego lo estropea así? Inexplicable.
Comentarios
Escribe tu comentario
Normas