Fue el rey de la venta de casetes pirata de música en Tenerife. En su mejor momento, alcanzó tal nivel de facturación que tuvo que expandise. Llegó a tener hasta siete sucursales, incluyendo una en Las Palmas. Ganaba lo suficiente para vivir. Fue su época dorada. Pero surgió internet y el negocio empezó a ir cuesta abajo. Ahora, casi 30 años después, está a punto de cerrar su último chiringuito.
No quiere salir en la foto ni que aparezca su nombre, pero cualquiera que haya estudiado en la Universidad de La Laguna sabe de quién estamos hablando. Los pasillos del antiguo edificio central, primero, y el aulario de Guajara, después, han sido sus puntos de venta habituales durante los últimos años. Se vinculó a la Universidad mientras estudiaba Psicología, así le era más fácil compatibilizar las aulas con el top manta, aprovechando además que el alumnado joven es buen consumidor de música y dentro de esos edificios no tenía competencia. Nunca acabó la carrera (le quedan seis asignaturas que por ahora no piensa rematar), pero se acomodó a ese ambiente y se quedó.
Sin embargo, la historia no comenzó en la Universidad, sino mucho antes y por casualidad. Su hermana vendía artesanía marroquí en un puesto de hippies en la plaza de la Candelaria de Santa Cruz. En una ocasión fue por allí con una cinta grabada de música y la dejó junto a una de las mesas. Alguien se interesó por comprarla y aquello le hizo pensar. Al día siguiente fue con tres o cuatro y las vendió. Acababa de descubrir el filón.
No tardó nada en ser un asiduo del rastro de Santa Cruz, cuando éste se montaba todos los domingos casi al final de la rambla del General Franco, muy cerca del cuartel de Almeida. Luego el mercadillo se trasladó a la avenida de Anaga y él también se mudó. Ahí fue su mejor época. "En un día malo no ganaba menos de 60.000 pesetas [360 euros]. Recuerdo llegar a casa hasta con 120.000", explicó a este digital. Y eso hace más de 25 años.
El negocio iba tan bien que tuvo que expandirse, hasta el punto de que dio el salto a Las Palmas. Se iba los sábados, dormía en una pensión, y los domingos a primera hora estaba en el rastro de Vegueta. Al poco tiempo consiguió un socio con quien se alternaba para viajar sólo cada quince días. Y, al final, llegó a un acuerdo con un vendedor de la capital grancanaria al que le enviaba los casetes por correo.
Llegó a tener siete puestos de venta de casetes al mismo tiempo. En varias facultades de La Universidad de La Laguna y en los rastros de Santa Cruz y Las Palmas
En ese momento también había empezado en la Universidad y la aceptación fue buena desde el principio. De hecho, se buscó a un par de "amigotes" que se encargaron de abrir puntos de venta en Derecho, Económicas y otras facultades mientras él atendía el antiguo edificio central. Entre éstos, el de Las Palmas y alguno más llegó a controlar siete puestos de cintas al mismo tiempo. "La verdad es que me ganaba un sueldo decente", recuerda con una expresión entre el orgullo y la añoranza.
Eso sí, por muchos agentes que tuviera, él siempre distribuía la mercancía. Una de sus señas de identidad ha sido la calidad. Nunca ha dado gato por liebre. Nada de grabar de cinta a cinta. Todo salía del vinilo. Era un trabajo de artesanos. Utilizaba un plato al que conectaba varias pletinas con sus respectivos ecualizadores. También cuidaba mucho las carátulas, pintadas a mano con rotuladores rojos y negros. La letra limpia.
El primer gran cambio tecnológico lo superó bien. Apareció el CD y enseguida se compró uno de los primeros reproductores que llegaron a las tiendas de los indios de Santa Cruz. Fue una época de transición pues los compactos no aparecieron de golpe en las tiendas de discos, sino que se incorporaron poco a poco. La adaptación funcionó y los ingresos todavía daban para vivir.
Pero surgió internet. "Desde el día en que tuve un módem lo vi venir. Esto se acabó", se lamenta. Y así ha sido. La facilidad para descargarse música en la red ha arrasado incluso con los piratas de toda la vida, en este caso con el que seguramente es el más antiguo de Canarias.
Ahora, en Guajara, reconoce que hay días en los que se va a casa sin haber vendido un CD. Los únicos que le compran, de vez en cuando, son los profesores que se encariñan con algún disco de los años 70 u 80 que un día tuvieron en vinilo. "Esto tiene los días contados. Ya no da para más", concluyó. De sus palabras se deduce que éste será su último curso en la Universidad.
Aunque no está claro que el top manta sea delito, la persecución de esta actividad ha crecido con los años. El protagonista de este historia nunca ha tenido demasiados problemas con la Policía, aunque cuando notó que cada vez había más presión en el rastro de Santa Cruz se trasladó a las facultades. Pese a que esto ya no le preocupa, por lo poco que le queda, prefiere no salir en la foto de este digital.
Ante una persona así, era inevitable acabar la conversación hablando de la actualidad:
¿Qué piensa de la política de la Sociedad General de Autores (Sgae)?
"Que solo el 4% de los artistas cobra de la Sgae. Es un engaño que recaude dinero en nombre de la música".
¿Del canon digital?
"Te criminalizan desde que compras un CD. Lamentable".
¿Y de la industrial musical?
"Que se ha cargado la gallina de los huevos de oro. Las compañías se negaron a bajar los precios y ahora les va como les va".
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