Es una verdad universalmente aceptada que en este mundo existen seres intimidantes y de gran personalidad –Hitler, la señorita Rottenmeier, mi profesora de Literatura de 6º, Napoleón, mi tío abuelo Cándido…-, ante los cuales uno se acoquina y se trabuca. ¿Qué podemos hacer para vencer el apocamiento que estas personas producen? ¿Cómo verlas como lo que son, hombres y mujeres al mismo nivel que el resto de la humanidad, con virtudes –hasta Hitler las tenía-, defectos y miserias?
El jueves pasado, en mi paseo mañanero, oí por la radio una entrevista a Amaya Ascunce, una periodista y bloguera muy simpática, a la que Planeta edita un libro titulado “Cómo no ser una drama mamá. Las 101 frases de tu madre que juraste no repetir”. Amaya ha acuñado el término genial de drama mamá, refiriéndose con él a todas esas madres que, durante toda la vida, te aconsejan, te reconvienen, te amonestan, con frases contundentes, siempre poniéndose en lo peor y echándole un poquito de drama a la cosa.
Me he pasado la tarde del domingo leyendo poesía, lo confieso, señor Juez, pero ha sido en defensa propia y empujada por la necesidad. La víspera había estado en el cumpleaños de mi amiga Marian disfrutando de unos buenos chuletones asados y de un vinito de la cosecha del dueño de la casa, de la zona de Las Riquelas, que te puedes morir. Habíamos cantado a voz en cuello eso de “qué tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones” y otras coplas sentidas por el estilo.
Ante la afición por las armas de fuego que hemos descubierto últimamente a algunos miembros de la Familia Real, que ni que pertenecieran al club de Charlton Heston, andan los medios de comunicación ocupadísimos. En televisión, redes sociales y prensa casi no se habla sino de El Tema (en El País de este domingo había 11 artículos sobre él). E incluso a mí me ha tocado la cosa de refilón porque la Agencia Sigma Dos me llamó el viernes a mi casa –a la hora de la siesta, por supuesto- para preguntarme por mi opinión: ¿Le parece bien que el Rey se vaya de cacería?
Supongo que no hay nadie en este mundo que no conozca el chiste del cura que se sentía muy feliz con cosas tan sencillas como su cafecito y su rosario, y que terminaba al final diciendo: “¡Rosario! ¡Tráeme el café!”. En casa lo oíamos un día sí y otro también a mi padre porque mi madre se llamaba así y él era, como el cura, adicto a las dos cosas.
No hay una parranda de las que hacemos con los amigos en la que no cantemos, con mucho sentimiento, ese bolero de J.A. Zorrilla y Gabriel Ruiz llamado “Usted”:
Usted es la culpable de todas mis angustias,
de todos mis quebrantos.
Usted llenó mi vida de dulces inquietudes
y amargos desencantos…
Sirva esta cita que oí a Les Luthiers como título y preámbulo para hablar de tiempos anteriores (no necesariamente mejores o peores) y, sobre todo, de lo que queda de ellos, esos testigos que vieron transcurrir otras historias, salir y ponerse otras lunas, nacer y morir a otras gentes. Testigos como, por ejemplo, las casas antiguas, que cargan con el peso de los siglos y esconden secretos: huellas de pasos, alacenas tapiadas, capas y capas de pintura que varias generaciones dejaron sobre ellas.
Yo tengo con los aparatos una relación de amor-odio, sobre todo porque no me leo las instrucciones de ninguno. Ah, no. Yo, una buena novela, un libro de poemas, incluso un ensayo de filosofía. Pero la literatura de las instrucciones, los catálogos, los prospectos, como que no me engancha. Y claro, entre el aparato y yo, desde que nos conocemos hasta que le pongo nombre (en casa, el lavaplatos es Evaristo y la lavadora, Basilisa), se producen momentos de verdadera tensión en los que lo más suave que le digo es “maldito trasto de las narices”.
La fascinación por el fuego es tan antigua como Heráclito, aquel filósofo al que llamaban nada menos que “El Oscuro” y que hace 27 siglos dijo que el mundo es como un fuego: tan cambiante y, sin embargo, tan permanente. Y los humanos seguimos en eso, reunidos alrededor del fuego, desde que, en las cuevas prehistóricas y, después, en los hogares de nuestros abuelos, éste alejaba la oscuridad y el frío.

Anda mi nieto preocupado últimamente porque, a sus 6 años, es el único de su clase que conserva todavía todos sus dientes de leche, tal como si fuera un Peter Pan cualquiera. “¡Hasta a Diego –su primo de 5 años- se le han caído 2!”, me dice, casi ofendido. Y no es para menos porque la caída del primer diente es algo serio. Es el primer adiós a la infancia o, como diría también James M.
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta