
El sistema económico en el que vivimos, lejos de ser perfecto, dicen algunos expertos que es el mejor o el menos malo de todos los posibles. El poder sacar dinero en cualquier esquina, pagar facturas desde casa o poder obtener a costa de nuestra nómina multitud de bienes mediante el pago aplazado, confieren al trabajador medio una apariencia de potentado económico. Con presentar una fotocopia de la nómina, y sin un euro en el bolsillo, podemos irnos a casa al volante de un BMW.
Fruto de la ignorancia, la dejadez o la manipulación, da lo mismo, la realidad es que los conocimientos sobre economía a nivel usuario vienen a parecerse a ser un analfabeto digital. Nuestra estupidez frente a una máquina que es indispensable para todo y nuestra ignorancia frente a un señor que nos habla del TAE, el euribor, subrogación, cancelación y otras palabrotas que se meten en el bolsillo, confieren al despistado la casi segura dentellada económica que sufre todo aquel que no tiene ni idea de lo que firma.
La prudencia no es algo que se vende, sólo el que paga se beneficia de tener los pies de plomo, la alegría de sacar la billetera para que una tarjeta de crédito o un 3.000 euros en 24 horas de la tele nos funda los euros en un abrir y cerrar de ojos da a las empresas la posibilidad de dejarnos en calzoncillos por querer una lavadora con DVD incorporado.
La estupidez siempre ha sido yugo de hombres y mujeres, desde aquel viejo pueblerino que firmaba con una X su entrada en el asilo y donaba todas sus propiedades a su amada familia, hasta cualquiera que ahora se deje seducir, como si de canto de sirenas se tratase, por la celestial melodía que interpretan al unísono los que temen que dejemos de comprar estupideces.
A la espera de que la próxima generación de solventes caiga en los mismos errores, no dejen de gastar con alegría, tenemos un deber y mucha gente a la que mantener.
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Comentarios
Completamente de acuerdo, vivimos en unos tiempos en los que hay que saber casi de todo. Buenos escritos.
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