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por Salvador Melgar

El Vagón de los sueños

 

Tenía los ojos más bellos que jamás había visto y el contorno de sus labios era  tan sugerente que igual podrías besarlo, que grabarlo a fuego en tu memoria para no olvidarlo jamás.Sus pestañas eran onduladas y rubias y las manos finas y blancas y limpias como el agua cristalina. El aroma de su piel te abrazaba y superaba el del resto de transeúntes. Ese olor a almendros en flor, jazmines de oriente, aromas antiguos y modernos se quedaron a dormir en mi cuerpo cuando pasó junto a mí. La volví a mirar y pude observar su segundo cuerpo, su segunda piel, y sus piernas balanceándose a un lado y al otro como el movimiento que mece las hojas en las tardes de primavera.

Llevaba un pañuelo azul añil ligeramente atado al cuello, una blusa blanca como la carne de un coco, igual de blanca, igual de hermosa y una chaqueta color beig. Su cabello bailaba al son de sus pasos al caminar, fino y suave y rubio y la tenue brisa que nos rodeaba me dejaba ver de vez en cuando los coquetos lóbulos que formaban parte indivisible de sus pequeñas orejas.

Hacía un poco de frío aquella mañana del 1 de julio de 1998  cuando el barco que nos llevaba desde Norddeich hasta Juist (dos pequeñas islas situadas al norte de Alemania) zarpó desde un pequeño puerto pesquero que aquellas horas estaba atestado de gente de todos los sitios que uno puede imaginar. Entre el pasaje había rubios, la gran mayoría de ellos, pero también había morenos, y de pelo castaño, algunos de ojos azules y otros verdes  e incluso los había con ojos marrones. También había ingleses y polacos y checos y entre todos ellos allí estaba yo, el único español en medio de tantas nacionalidades y de tantos idiomas.

Mi asiento era cómodo, una amplia mesa me sirvió de apoyo en un momento dado para colocar las pocas cosas que llevaba en una pequeña cartera: el tabaco, las llaves, unas pocas monedas y la cámara de fotos. Justo a mi lado la primavera seguía allí, grandes jarrones de rosas frescas me dieron la bienvenida y una melancólica canción de Andrea Boccelli no paraba de sonar por los altavoces que había distribuidos por todo el barco. Frente a mí, absortas, dos rubias de ojos azules, no paraban de hablar.

Mientras miraba la carta de bebidas que ofrecía el bar del barco no podía dejar de pensar en aquella fugaz belleza, los instantes más bellos e intensos, el momento que todo hombre y mujer debería experimentar alguna vez en su vida. La quería sin conocerla, la tenía sin tenerla, en el alma mía. A los pocos minutos apareció, entre el múltiple pasaje que había, la camarera del barco. ¡Qué diferente era a mi breve amor! No tenía su mirada, ni sus ojos, ni tan siquiera su sonrisa, ni su cuerpo, y mucho menos sus piernas, y el olor que desprendía me recordaba al patio de mi colegio, ¡hace tantos años ya! Un olor a sudor enmascarado. Intentó ser amable conmigo, así que, como en los sueños, me sacó del mío sin preguntarme siquiera si estaba dispuesto a abandonar mi hermoso paraíso, a dejar como si nada hubiera pasado a mi Eva, sólo por el mero hecho de atender a sus necesidades, entre otras cosas por su parte obligadas, claro está.

         -¿Quiere tomar algo?- me preguntó mirando el papel que llevaba entre las manos.

         - Una cerveza- le dije con el mayor de los desprecios. A fin de cuentas me había devuelto a la realidad mordisqueando la felicidad, el amor, aquel olor, aquellos ojos.

         ¿Dónde estaría ella ahora?- Ojala estuviera aquí, a mi lado y de repente me la imaginé besándola en los labios, cogiéndome de la mano y apoyando su frágil cabeza sobre mis hombros. Pero no estaba allí, allí sólo había rostros desconocidos, algunos hombres, algunas mujeres también, y hombres con mujeres que pensaban como locas en la habitación de aquel lujoso hotel que habían compartido la noche anterior con su amante de toda la vida, y mientras, su marido leía el periódico Bild recreándose en los pechos de la última prostituta que había visitado hacía apenas cuatro días. Estaban todos observando las cristaleras que rodeaban el barco, las cuales permitían ver al final, muy al final, la isla de Juist.

Necesitaba respirar, escapar de todo aquello. Subí por una de las escaleras que había a cada lado del barco para refugiarme en mi propia soledad en la cubierta del barco.

Fuera encontré un ambiente frío, desangelado y sin embargo estaba atestado de gente, algunos fumando, otros sentados en unos pequeños bancos, que tanto servían de asiento como de cama improvisada y los demás apoyados en las barandillas mirando lo cerca que estaba ya la isla de sus propios ojos. Me encendí un cigarro, me subí hasta el cuello la cremallera de la chaqueta que llevaba puesta y empecé a escrutar al pasaje en busca de aquellos maravillosos ojos azules, pero no los vi.

Seguía haciendo mucho frío, así que apuré las últimas caladas de mi cigarro y volví abajo.

El viaje duró una hora y cuarto, ni un minuto más ni un minuto menos, con la precisión exacta de los alemanes. Mientras tanto, aquella melodía de Andrea Boccelli seguía sonando durante el desembarco de los pasajeros. Se empezaron a escuchar gritos de niños cogiendo de los brazos a sus padres y empujándolos hacia la puerta de salida, llenos de bolsos algunos, otros con lo mínimo, algunos se empezaban a abrochar las chaquetas, otros se ponían las bufandas que tenían atadas a la cintura y otros como yo echas un nudo en la mano no sabíamos que hacer con ellas, si ponérnoslas o dejarlas como estaban, así que yo, personalmente, la dejé enrollada entre mis manos.

Se notaba la tensión en el ambiente, la emoción de haber llegado a su destino, sin embargo yo, seguía sumido en mis propios pensamientos, no me la podía quitar de la cabeza, era como un veneno sigiloso que te va matando poco a poco sin tan siquiera darte cuenta, y cuando lo ha hecho, ya es demasiado tarde.

Cuando salimos al exterior, pude contemplar por primea vez la belleza de aquel trozo de tierra que se alzaba frente a mí. Había mucha gente esperando en el puerto, unos para esperar a sus familiares, otros en busca de sus parejas, y otros en fila india, esperaban a los clientes de las decenas de hoteles en los que se iban a hospedar.   

Era un puerto pequeño, de pueblo, y el tránsito se hacía cada vez más denso, y tan lento en mi memoria. Había muchos conteiner repletos de maletas identificadas cada una de ellas con una pegatina de color amarillo y cientos de bicicletas se agolpaban justo enfrente de nosotros dispuestas a ser usadas.

En un instante el tiempo se detuvo, me quedé sin aliento, allí estaba ella en medio de la muchedumbre. ¿Pero de dónde había salido? La había buscado por todo el barco sin encontrarla y de pronto, como si de un favor a mis suplicas se tratase estaba a mi lado, removiendo las maletas de aquel container rojo en busca de la suya. Se instaló junto a mí para vivir muchos años, ordenando cada maleta que cogía con tan sutileza que me sorprendió. Mientras lo hacía tuve la tentación de cogerla de la mano y envolverme en ella, besarla, olerla, sentirla muy dentro de mí, quise parar el tiempo, un tiempo que sólo fuera para los dos, para disfrutarlo juntos sin la incomodidad de tener un codo pegado al costado y el vaho de un viejo repugnante  rozándome la nariz. Por un momento sentí que sus ojos se fijaban en los míos y esbozó una leve y sutil sonrisa enseñando aquellas perlas marinas que bien pudieran ser del Atlántico como del Mar Báltico, rozando con sus labios el Golfo de Danzig o los verdes prados del pequeño pueblo de Bizorenda. Me dijo algo que no pude entender, pero en el afán por conseguir mi objetivo dejé atrás las frases hechas en alemán que me había aprendido días atrás y acerqué mi oído a su boca. Pude notar entonces que las piernas me temblaban al oler su cuello, blanco y punteado con algunas pecas dispersas de forma perfecta. Me señaló con aquellos finos dedos la parte superior del container, fue entonces cuando entendí lo que me quería decir. No me lo podía creer, necesitaba ayuda y allí estaba yo, para darle mi alma si hiciera falta, para darle mis órganos si así me lo pidiera. Alcé mis brazos y con delicadeza le alcancé una pequeña maleta azul con una breve inscripción tejida a mano en un lateral en la que figuraba un nombre; Magda Kurek,*¡que hermoso era!, hasta su nombre me producía escalofrío. Por lo poco que conocía y había leído, aquel nombre tendría que ser polaco. Fue entonces cuando aproveché las frases que me había guardado, para a la vez que le dejaba la maleta junto a sus pies y en un precario alemán le dije Sehr frohe Magda Kurek**. En sus ojos pude ver el reflejo de mi sonrisa de tanto que brillaban, y cogiendo la maleta inclinó la cabeza dándome las gracias por un lado, y por otro, entendí yo, respondiendo a mi saludo.

El clima de su respiración, era el mismo que su voz, y entonces la empecé a contemplar como si el tiempo no corriera, como si tuviera toda una eternidad para quedarme a su lado para analizarla, palmo a palmo, diferenciar cada poro de su piel. Me quedé mirándola un buen rato sin saber qué decir o qué hacer, pero cuando aún no llevaba ni un tercio de su cuerpo analizado, una sombra salida de la nada, como en medio de un bosque negro y frío, le meció el cabello, la cogió por la cintura y la besó en los labios, de manera tan fría, tan apagada, tan desganada, incluso tan aborrecible, que me dieron ganas de golpearle allí mismo, sin temor a las consecuencias que ello pudiera ocasionar. Pero me retracté, una vez más, di un paso hacia atrás y como el mayordomo que se despide de su amo incliné la cabeza y di media vuelta en busca de mi maleta, de mis cosas, de mi vida, de mis sueños, de mi realidad cruda e injusta, triste y efímera como lo había sido hasta entonces, y como lo sería durante mucho tiempo.

         No era justo, habíamos compartido tanto tiempo juntos, nos habíamos besado sin

         tan siquiera rozar nuestros labios, habíamos hecho el amor, habíamos brindado con

         la misma cerveza, habíamos compartido nuestros olores, nuestras miradas. Y allí

         estaba yo, con la maleta en la mano en busca ahora de otros ojos diferentes, de

         otra risa, de otra boca. Al final cogió a su amado de la mano y ni tan siquiera tuvo la

         decencia de despedirse de mí, ni agradecerme aquellos momentos tan intensos que

         habíamos vivido, y como un espectro en medio de la muchedumbre desapareció igual

         que apareció aquella primera vez, dejando atrás miles de maletas, cientos de

         gentes que gritaban de alegría entre el bullicio veraniego de aquella fría mañana del

         mes de julio de 1998.

Comentarios

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Gracias por comunicarnos tus sueños, yo viví algo parecido a través de un ordenador. Gracias Salvador sigue deleitándonos con tu escritura.

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