Hoy, viernes de pasión y recién acabado el mes de María, me arrojo al vacío y me arrodillo ante la imagen multicolor de la serpiente bicéfala a la que uno, a golpe de cotidianeidad, se ha ido acostumbrando cerrando antiguos dimes y diretes y acuclillando la palabra. Lo digo hoy, porque ejerzo mi derecho al pataleo y a la crítica y comprendan que este novillero de la pluma no pretenda más que, entre otras cosas, escribir sobre el salado del cayuco, contra los ladrillos de tinta en sangre del especulador que multiplica los dineros bautismales a costa del sudor del empleado y el hambre y la dosis de metadona del drogadicto.
Resisto la crítica mientras encuentre oídos, bocas, ojos, que escuchen, digan, vean da igual las banderas que porten y el color de su partido político, porque hiere más quien vende la patria a escondidas. Admiro al que cada día se inventa y se apostilla en el dintel del reclamo, de la explicación y detesto al abominable que empuña la espada de Damocles vendiendo su alma al diablo.
Apuro las horas que me quedan antes de disfrutar de la algarabía y los festejos, y los bailes de carnaval y las trompetas y los fuegos artificiales que un domingo como el de mañana me vuelva a traer a la puerta de mi casa la campañilla del tranvía con su fibra óptica y su aire acondicionado y sus cómodos asientos y su ir y venir entre la gente corriente. Pero miro a mi alrededor y veo a jóvenes como yo con trabajos de miseria que cobran un jornal en calderilla, que se aman con ternura y en silencio en casa de sus padres por no poder permitirse un derecho constitucional como es el de la vivienda. Y veo también entre lenguas que escupen veneno, hospitales rebozando de agonía y pasillos hacinados de podredumbre, miedo y resignación.
¡Que queden atrás las espinillas y los complejos!; y sostengamos cruelmente la mirada a aquellos que han gastado miles de millones en esta serpiente multicolor dejando atrás las prioridades del ciudadano y cubramos las calles empedradas de mentira con nuestra palabra y la diosa razón.
Permítanme resumir lo que hoy escribo porque algunas noches como ésta, mientras mis vecinos duermen, todavía me despierto y sudo y respiro y dudo y trato de dejar atrás las frías tardes de primavera vestidas de gris y con bigote.
Y el tranvía se ha ido convirtiendo en un teletienda ambulante, en una imagen corriente, como si siempre hubiera estado ahí. Mientras me tomo un café en la Avenida de la Trinidad recuerdo aquel sábado inaugural, aquel sábado que no hubo clase y en el que al púlpito de los dioses romanos subieron orgullosos los políticos y hubo palmas y fotos y vítores y olés en los tendidos como los que recibe el torero cuando cruza a hombros de su cuadrilla la puerta grande después de haber triunfado. Sálvese quien pueda, pues, de la arrogancia, del yo lo hice, del me recordarán, del quizás, de las sonrisas.
Y acabo este alegato de palabros sin más intención que la que uno tiene, allá cada cual con su conciencia y sus actos. ¿El tranvía?, no digo, válgame Dios, que sea un transporte innecesario, pero recuerden que bajo los cimientos de las calles sigue habiendo miseria y necesidades y ladillas y un millón de razones para sonreír a la cámara por otros motivos.
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