Aborrezco la nostalgia que seda y adormece y
ni siquiera creo que en los momentos más duros de nuestra era la
migración haya sido mucho mejor en tiempos pasados. Después de haber
estado meditando varias noches y tras haber acudido estos últimos días
a las conferencias ofrecidas en la isla por SOS Racismo, tengo la
sensación de que nunca antes había estado el mar tan mordisqueado de
negros ataúdes y coronas de espinas. Miles de esperanzas, sueños e
ilusiones han naufragado y naufragan día si y día también tan sólo a
doscientos kilómetros de distancia de nuestra particular realidad.
En momentos de turbación como los que estamos viviendo, vale la pena
asirse y detenerse en la mirada de esas personas que dejan su pueblo,
su familia, sus hijos, madres e infancia, para recorrer mil o dos mil
kilómetros cargados de miseria, pobreza y hambre y los bolsillos vacíos
y rotos y la mirada perdida e insegura, en busca de un trabajo, de un
recurso que les permita mandar en el mínimo tiempo posible a sus
familias algo de dinero.
Muchas son las imágenes con las que cada noche nos bombardea la
televisión, pero ¿dónde quedan las historias de estas gentes que vemos
tiritando de frío, con el estómago vacío desde hace días y compartiendo
su aliento con cadáveres en medio del escaso espacio libre que queda
entre un cuerpo y otro? Con esos cadáveres que campan a sus anchas en
medio de la patera, como pidiendo perdón por haber muerto, por no haber
podido superar la travesía, por haber fallado a sus familias, ya que
eran la única esperanza que les quedaba para empezar a ver un haz de
luz al fondo, muy al fondo de un eterno y oscuro túnel.
Cientos de personas esperan cada día en la costa de Mauritania a que
les toque su turno, tras haber pagado, en muchas ocasiones, tres mil
euros por viaje a las mafias. Mafias sin control capitaneadas por
encapuchados timoneles que cubren su rostro para que sus reos no los
puedan identificar en caso de que lleguen a salvo a la costa del sur de
Tenerife o al suroeste de la isla de Gran Canaria.
Mientras, el mar impone su secante ley. Sin dirección, ni rumbo, ni un
destino seguro, embarcan a la aventura sabiendo, muchos de ellos, que
puede ser la última vez que vean su costa, la costa que antes les dio
de comer, donde jugaban de niños, donde eran ajenos al futuro que les
esperaba y donde ahora sólo quedan unas cuantas barquitas que salen
cada madrugada a pescar lo poco que queda. Una enorme hilera de cayucos
espera fiel a sus hijos. Calles cubiertas de fina arena son el único
testigo mudo que reza cada día por sus hijos pródigos. La esperanza que
mata.
Propongo que hagamos cada uno de nosotros un examen de conciencia,
que no de cinismo, para afrontar la realidad que intentamos cubrir cada
vez que escuchamos una noticia al respecto. Un examen de verdad,
profundo y sincero en el que dejar atrás los complejos y las fobias.
Porque no hace tantos años que nuestros padres o abuelos embarcaron en
aquellos barcos de madera, tan sólo con una destartalada maleta como
único equipaje, repleta de los mismos sueños, esperanzas e ilusiones
que a día de hoy surcan las aguas del Atlántico.
Algunas noches no puedo dormir pensando que podría ser mi hermano o mi
hijo o mi padre el que algún día podría viajar en esas pateras sin
nombre, a la buena de Dios, dejándose llevar por enormes olas
traicioneras y celosas que te roban para siempre la inocencia. Por eso,
por una vez en mi vida, quisiera volver al pasado, volver a ser
inocente.
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