Después de unas semanas de adaptación al curso escolar, sin otra cosa en la cabeza más que diseños curriculares y horarios, se abría ante mis ojos el fin de semana como una sandía: una buena siesta para relajarme, ganduleo por casa, duchita larga, una agradable y entretenida sesión de teatro en el Guimerá (El caso de la mujer asesinadita, de Mihura) y cena en un libanés con los amigos. Como en la gloria me quedé después de todo eso.
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No hace falta tener un día libre ni alejarse mucho para disfrutar de
las panorámicas que nos ofrece la isla. En medio del ajetreo diario el mirador de Vistabella te ofrece un respiro. Lo han arreglado después
de muchos años de abandono y, aunque ya está otra vez lleno de pintadas con los
nombres de sus autores sobre los muros y paredes, si paras un momento en él
puedes contemplar unas vistas preciosas de Santa Cruz y el mar. Vale la pena.
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Me encanta el mar, y me encanta bañarme en cualquier lugar donde lo encuentro: entre rocas, en calitas, en playas abiertas y cerradas, conocidas y desconocidas, nacionales y extranjeras, en alta mar, en charcos,…
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Ya les llegó, en un momento inesperado: unos volviendo de vacaciones, otros
empezándolas- más de cien historias han quedado al descubierto- pero casi todos
ilusionados por el viaje. Dejaron desconcertados primero y
desesperados después a los que los despedían y recibían, en ese reparto de
papeles que vemos a diario en los aeropuertos de todo el mundo; de fondo una
pantalla con un hueco: ni llegada ni retraso.
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Hace un par de años en un un viaje a Las Palmas organizamos una
cena con amigos a los que no veíamos desde hacía mucho tiempo: entre dos años y
medio y veinticinco años. A pesar de eso fue como si el tiempo no hubiera
transcurrido; me resultó muy raro oír a mi amigo Vicente hablando de los
problemas escolares de su hijo, porque la última vez que nos habíamos visto
éramos solteros y muy jóvenes y nuestras preocupaciones eran otras. Pero la
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A veces la isla nos agobia (al fin y al cabo es un encierro) y entonces es gratificante y reconfortante mirar hacia fuera, al mar. Un paseo hasta Machado, en El Rosario, pasado El Tablero, es ideal en estas ocasiones. Lleguen hasta la iglesia de Machado (la ermita del Rosario), disfruten todo el entorno y después asómense al precioso y cuidado mirador de la ermita: verán cómo se ensancha el panorama y descansa la vista.
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Cuando lo prueben repetirán. No tiene nada que envidiar a ningún otro lugar. Si quieren darse un lujo total, salgan una mañana hasta la playa de La Arena de Santiago del Teide, pasado Alcalá. Comprueben antes que la marea es buena ese día para darse un baño, porque la playa es un poco peligrosa con marea alta. Al llegar pueden ir directamente al Restaurante Pancho, a reservar una mesa al borde de la playa, y luego a darse un buen baño (hay un pequeño balneario para cambiarse después).
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Yo elegí vivir aquí y me gustó siempre el invierno de La Laguna, pero cuántas veces lloré en los primeros años cuando llegaba julio y seguían los días grises con llovizna y niebla, como si estuviéramos otra vez en otoño. Parecía que el verano no iba a llegar nunca. No estaba acostumbrada y me pesaban esos días en el alma. Hasta que descubrí que traen sorpresa: se resuelven en azules mañanas deslumbrantes que no encuentras en ningún otro sitio. Así que, hasta que lleguen, a disfrutar del fresco.
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