Recuerdo que llegué a la docencia también por herencia. Aquellas interminables tareas de Latín… y mi madre, profesora de “idem”, con su paciencia infinita, intentando inculcarme sus conocimientos…”. Qué burrito eres…” Recuerdo que me decía cuando mis ojos y sus ojos parecían languidecer en las tardes, después de un arduo día de trabajo en las aulas . Sus palabras, sus gestos y cómo desgranaba aquellos jeroglíficos , hicieron mella en mi posterior vocación. Mi madre era importante para mí; respiraba seguridad, conocimientos, humanidad y amor por el trabajo bien hecho. Aunque siempre un poco burro con el Latín, seguí sus pasos…
Me gustaba enseñar, como también recuerdo que me gustaba el reconocimiento que recibía del alumnado. Aquellas caras brillantes que atendían y se mostraban deseosas ante los nuevos contenidos de la materia. Me gustaban sus voces y su educación. Me sentía alegre entre los compañeros de la profesión. Me sentía contento por la atención que prestaban los padres de alumnos y alumnas ante cualquier conversación que mantenía con ellos. Creía primordial todo lo que me esforzaba en transmitir. Eran otros tiempos…
Ahora se nos pide un esfuerzo descomunal para que el barco de la educación no se hunda. Se nos pide que ejerzamos de profesores y de padres al mismo tiempo. Se nos pide que permanezcamos cuerdos y controlados cuando el mundo se derrumba a nuestro alrededor, en cualquier momento de una clase cualquiera, como si estuviéramos dotados de las armas de un superhéroe moderno. Se nos pide que lidiemos con las carencias de una mínima educación, antaño en poder de los padres y esenciales para un trato decente. Se nos exige que rellenemos los más variopintos informes y que acudamos a interminables reuniones que, como una eterna e inútil letanía, discurren. Se nos enfrenta a la opinión pública como los únicos responsables de un fracaso escolar evidente y se nos exige que luchemos en nuestro tiempo de clase contra la moderna sociedad pobre en valores que transmiten los medios de comunicación, como si nuestras armas y nuestro poder fueran a alcanzar la de aquellos…
Ya las caras de los docentes no son las mismas. Tampoco la fuerza de sus miradas, ni la devoción del alumnado de antaño, ni el respeto de los padres, ni el apoyo de los dirigentes. Después de treinta años en las aulas, mi vocación está herida…
Comentarios
No soy docente, pero me pongo en la piel del docente de hoy en día e imagino que tiene que ser bastante duro, vivo muy cerca de un centro "educativo" un I.E.S y no veo lo que pasa en las aulas, sin embargo veo y oigo lo que pasa por fuera, no entiendo nada, en vez de ir hacia adelante parece que hubieramos retrocedido, un saludo y ánimo.
Bueno, Sagitta. Te contaré que, mi madre, cuando le llegaron los años en que se podía jubilar, nos dijo :"... podía haber seguido algún año más , pero me dí cuenta de que los alumnos estaban empezando a tomarme el pelo"...
Yo me paso el día rebatiendo una y mil estupideces, malcriadeces y apatías en la Enseñanza Obligatoria, y creo que los alumnos hace tiempo que tratan de tomarme el pelo, sólo espero que no llegue el día en que lo hagan sin que me percate de ello- recuerdo a una profesora que pasaba lista y los alumnos se le marchaban por la otra puerta del aula-. Me lo tomo, como tú dices, con simpatía y hasta amor, pero no deja de cansarme y cansarme... no obstante, gracias por tu consejo, que me suena a aquello de ..."lloremos juntos".
Tenemos la semana por delante, tenemos más edad y cansancio que en aquellos años, pero tenemos también más sabiduría. Sigue el ejemplo de tu madre (ahora yo ocupo su lugar en el instituto) y atrévete a decirles con paciencia y cariño "Qué burritos son ustedes. Vamos a intentar entre todos que a final de curso sean mejores, más cultos, más educados, más autónomos, más solidarios, con más habilidades sociales". Y cuéntales lo mal que te sentiste el otro día y hazlos reflexionar sobre eso. Ya verás que hasta colaboran. En el fondo lo que necesitan es que los quieran y se preocupen por ellos; les ha tocado vivir un mundo muy agobiante.
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