Una pertenece, dentro de un orden, eso sí, a la gran muchedumbre besucona, tocona y achuchona. Por eso, como que me da un poco de canguelo el ver todos esos carteles en aeropuertos, colegios y lugares públicos, que, para prevenir el contagio de la gripe A, te dicen que ni besos ni abrazos ni apretones de mano ni mandangas de esas. Si te ves con alguien, aunque sea tu íntima amiga perdida a la que de pronto encuentras en una isla desierta, una inclinación de cabeza de lejos y vas que chutas ¿Cómo se puede ser tan insensible?
¿Se imaginan un mundo sin besos? Cuando trabajaba en el Instituto, todas las mañanas había un festival de besos entre alumnos, muac, muac, como si hiciera siglos que no se veían. ¿Qué harán ahora? ¿Y qué harán los rusos que no se conforman con uno ni dos, sino que, pensando que más vale que sobre que no que falte, se besuquean seis veces? ¿O se impondrá el beso esquimal como más aséptico, nariz contra nariz? ¿O, todavía peor, el de una tribu del norte de Malawi, los Ngá, de la que hablaban el otro día por la radio en “Hoy por hoy”, en la que los hombres se dan mutuamente un saludo peneano y las mujeres un achuchón en el pecho?
¿Y las canciones? ¿No perderían un buen filón? No tendría sentido, por ejemplo, lo de “cuando vuelva a tu lado, no me niegues tus besos, que el beso que has negado ya no lo puedes dar…”. Aunque ésta seguía después con “une tu labio al mío…”, así en singular, que hace pensar en un beso a media bemba, aunque beso al fin y al cabo. Sí que serviría en cambio lo de “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”, porque, después de tanto besuqueo, te da la gripe y la palmas.
¿Y el arte sin besos? Ver una escultura como “El beso” de Rodin o una fotografía tan tierna y entregada como la célebre de Doisneau de una pareja besándose en París sería como ver una pintura rupestre, una escena perdida sin remedio en la niebla de la historia.
¿No estarán detrás de esa campaña antibesos las monjas de mi colegio y sus congéneres, que nos decían que no nos dejáramos coger ni la mano porque después venía el codo y después vete tú a saber qué? Ese “vete tú a saber qué” nos llevó precisamente a muchas por el camino de la perdición.
Un mundo sin besos se me antoja un mundo más frío, más peligroso e infinitamente peor que un mundo griposo. Así que yo, por lo menos, espero seguir dando y recibiendo besos a diestra y siniestra, escogidos, eso sí. En el mismo programa de radio del que hablé antes preguntaban sobre el tema a los niños de un colegio y una niña decía: “Pero yo a mis papás y a mis abuelos sí que los voy a seguir besando porque es preferible contagiar a la familia que a los amigos…” Y es que, como dice la copla, “un beso de amor no se lo dan a cualquiera”.
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta