Este año, en que se hacen 200 años de su nacimiento, me ha dado por volver a leer a Dickens, y concretamente me lo estoy pasando pipa con “Oliver Twist”. Ya saben de qué va. Un pobre niño huérfano es criado en un hospicio entre palizas y miserias. Cuando, después de 9 años, huye, cae –de la sartén a las brasas- en la guarida de unos ladrones que quieren aprovecharse para sus robos de su cara angelical (que puede engañar) y de su delgadez (apta para pasar por postigos estrechos). Al pobre, que es (irrealmente) bueno a más no poder y que se pasa llorando casi toda la novela, le ocurren mil perrerías: tiros, secuestros, cárcel, traiciones… En resumidas cuentas, un dramón.
Ah, pero ese dramón es Dickens quien lo cuenta y, aparte de que escribe estupendamente, con una ironía muy inglesa con la que critica, de paso, a todas las instituciones y a la hipocresía de la sociedad victoriana, tiene un dominio increíble del suspense. Muchas de sus novelas fueron publicadas en los periódicos por entregas y eso se nota. Cada capítulo, redondo y nunca demasiado largo, cuenta un momento completo de la historia y termina siempre dejándote intrigada.
Igual que ahora hay mucha gente enganchada a “Amar en tiempos revueltos”, también en el siglo XIX Dickens enganchó y acostumbró a la clase media inglesa a leer. En muchos edificios se compraba un solo periódico y todos los vecinos se reunían, un suponer, en el 3º, para leer juntos el capítulo de ese día. Nos podemos imaginar los comentarios posteriores y la presión sobre el autor: “No se le ocurrirá matar a la pobre Nancy ¿verdad? Aunque, claro, con esa vida de pelandusca que lleva…”. Y hasta en Estados Unidos, en donde los periódicos ingleses llegaban más tarde, los seguidores se agolpaban en el muelle para gritar a los que venían: “¿Esta muerta la pequeña Nell?”.
Y, ahora, 200 años después, Dickens sigue más vivo que nunca. Y, si no, vean…
Domingo, en mi casa. Mis nietos –Susanita y el Terro- se han quedado desde el sábado con nosotros y estamos esperando a mi hija y a mi yerno para comer. Voy a poner de aperitivo unos montaditos de jamón. Ya, ya sé que no son las gachas que le ponían a Oliver, pero algo habremos avanzado en dos siglos, digo yo. Dejo en la cocina un plato con rodajas de pan, otro con jamón y un cuenco con tomate rallado. Cuando vuelvo a montarlos, me encuentro con que al plato de jamón le falta una buena porción. Con voz que recuerda al señor Bumble, el irascible celador del Hospicio, llamo a mis nietos: “¿Quién se comió el jamón?” “¡Yo no fui!”, dicen los dos. “Pues el fantasma de la ópera no fue –les contesto-, así que castigados los dos”. Lloros y súplicas vehementes mientras se masca la tragedia (después de que “alguien” haya mascado el jamón). Les razono, tan moralista yo como una dama victoriana: “No me importa que hayan comido una parte. Lo que me importa, y por eso los castigo, es que mientan”.
Al rato, viene Susanita y me dice: “Esto es de parte del Terro”. Y me entrega el dibujo que les adjunto.
No se puede negar que aquí está todo Dickens: drama, suspense, ironía, robo, mentiras, enseñanzas morales, arrepentimiento, y lágrimas, lágrimas muy gordas. Sin olvidar el charco que éstas forman debajo.
Dickens, desde los celajes, estará contento. ¡Qué mejor homenaje para celebrar su bicentenario que el que nos demos cuenta de su rabiosa actualidad!
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta