No soy muy amiga de esos homenajes post-mortem. Siempre recuerdo al pariente de una amiga, que le dijo a su mujer que, cuando él muriera, hiciera unas buenas garbanzas e invitara a todos los amigos, que eran muchos, a comer y a beber en su honor. La pobre mujer, me contaba mi amiga, de lo menos que tenía ganas era de un jolgorio, pero allí se metió a prepararlo, haciendo de tripas corazón, por respetar la voluntad del difunto. La verdad es que, cuando uno se va, quiere irse como Machado, “ligero de equipaje”, sin dejar detrás obligaciones para los que se queden.
Pero con mi tía Isabel la cosa cambia. Era tía de mi padre, la más cercana a él porque sólo se llevaban 8 años y, por eso, llevo su nombre. Era guapa y simpática, con unos ojos azules muy expresivos y una sonrisa fácil. Se casó con el tío Paco, que era su cómplice, su compañero, su amor, hasta que un accidente de aviación, cuando volvía de un viaje de trabajo a Madrid, a los pocos años de casados, se lo arrebató delante de sus acongojados ojos y de los de sus hijos, que habían ido a recibirlo a Los Rodeos. Y ahí fue donde la tía Isabel mostró el temple de muchas mujeres de mi familia. Salió para adelante, dio carrera a sus cuatro hijos, y prosiguió con su vida, trabajando, cuidándolos, yendo algunas tardes a merendar con sus amigas o a intercambiar recetas y a jugar al parchís con su hermana, la tía Nieves (haciéndose trampas mutuamente), disfrutando de las reuniones familiares y, sobre todo, cocinando.
Durante mi primer año de carrera, cuando tenía clase por la tarde y no me daba tiempo de bajar a Santa Cruz, yo iba a comer a casa de la tía Isabel en La Laguna, una casa fría con huerta detrás, como muchas casas laguneras. Hablábamos mucho (sólo hacía un año de la muerte del tío Paco) y recuerdo que me decía que sus hijos y la cocina eran lo que la habían salvado.
Era una cocinera extraordinaria. Allí probé por primera vez las crepes y disfruté de unas exquisiteces que hoy le habrían valido una estrella Michelin. En Navidad nos regalaba a los 16 sobrinos y sobrinos-nietos un queque, siempre distinto, y una botella de los licores que hacía (mistelas, licores de leche, de naranja, de limón…), y sus cenas de nochebuena, en las que incluso hacía un pan riquísimo, eran famosas en la familia.
La tía Isabel murió hace unos meses, a 3 años de cumplir los 100, aunque había dejado de ser ella hacía muchos más. En el entierro, cuando hablábamos sus hijas y sus sobrinas de su generosidad y su alegría, que repartió a manos llenas, hablamos también de un rasgo peculiar: no daba recetas a cualquiera. Yo dije que tenía 5 recetas, otra dijo que ella también tenía unas pocas… Y se nos ocurrió la idea de este homenaje.
El pasado domingo nos hemos reunido 20 personas de su familia con el único propósito de celebrar que pasó por nuestras vidas. Yo hice su limonada con champán y su pan de nueces. Las demás trajeron su pulpo y sus helados, su higado en adobo, sus sandwichs de sardina, su flan, su “leche fachenta”, su tarta de manzana, su licor de leche. Todas las recetas que nos fue dejando caer, como quien regala perlas, van a ir a un librito con su foto en la portada. Y, aunque no estoy muy segura de que quisiera que sus secretos culinarios salieran a la luz, sí que le habría gustado, porque era muy presumida, verse tan guapa. Y sé que, sobre todo, le habría encantado estar ese domingo con nosotros, riendo y contando anécdotas pasadas, incluso recordando los cuentos de príncipes y brujos, largos y un poco truculentos, que contaba por la noche a sus hijas.
Se fue libre y despojada de recuerdos, los buenos y los dolorosos. Pero fue muy querida y tuvo una vida larga, y todos estábamos allí para dar gracias por haber formado parte de ella.
Y estos gastrohomenajes, alegres, lúdicos, que celebran la vida, sí que me gustan.
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta