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El bueno, el feo y el malo

Yo en esta vida he leído mucho colorín o, poniéndonos más internacionales, mucho cómic. No se crean que, porque diese clase de filosofía, iba a estar todo el día que si Platón, que si Descartes, dale que te pego, no. Yo me he leído todo Astérix, todos los pitufos, todo Lucky Luke, toda Mafalda, todo Mortadelo y Filemón. Y no te digo los colorines de antaño: Carpanta, las hermanas Gilda, Zipi y Zape, el reporter Tribulete que en todas partes se mete… Para salvar el tipo decía que estaba recogiendo material para mis clases, pero, aquí entre nosotros, la verdad es que me lo estaba pasando pipa.

En muchos de esos cómics aparecen el bueno, el feo y el malo, pero no como en la excelente película de Sergio Leone, sino mezclados entre sí. Por un lado está el bueno que suele ser guapo (aunque hay algún bueno feo, como el Goliath del Capitán Trueno); y, por otro, está el malo, que siempre es feo: encontrar un malo guapo es más difícil que encontrar aparcamiento el día de Reyes en La Laguna. Y también hay malos feos, como los Dalton de Lucky Luke, que además son tontos. No hay más que verlos cuando escapan de la cárcel por cuatro agujeros del tamaño de cada uno de ellos.

A mí de todos estos malos feos hay dos, Gargamel e Iznogud, que me encantan. Para los que no sean tan intelectuales y no hayan hecho estos trabajos de investigación como yo, les pongo al corriente:

Gargamel es el malo de los pitufos. Tiene pinta un poco de Dómine Cabra, siempre de negro, y se pasa la vida intentando encontrar a los pitufos, ayudado por su estúpido gato Azrael. A todo esto, no se sabe muy bien para qué los persigue porque, cuando alguna vez los coge, siempre los pone en una jaula y ahí se quedan para dar tiempo a que el Gran Pitufo (el bueno) los libere.


Iznogud vive en el Bagdad misterioso y es el Gran Visir del bondadoso Califa Harun-el-Pusah. Iznogud sólo tiene una idea fija en su vida: ser califa en lugar del Califa. Para ello contrata a genios de la lámpara, mercaderes de encantamientos, magos o pitonisas, y, al final, siempre es él el que acaba convertido en rana, en sujetalibros, en perro, en clavo, en alfil de ajedrez o en concha-souvenir. O desaparecido en tierras remotas, islas desiertas, lagunas mágicas o mundos al revés. O como una cabra, saludando con un “¿señor?” ausente a todos los que pasan por las calles de Bagdad. Por algo Dilá Lará, su fiel sirviente, cada vez que Iznogud empieza a maquinar una nueva maldad, le dice: “Dejadlo correr, jefe”.

¿Por qué me gustarán más los malos que los buenos? Incluso yo, que tengo un natural bueno, he ejercido de mala alguna alguna vez: me acuerdo de pelear a mi hija de pequeña, yo toda enfadada con los pelos como una ménade, y de verla a ella (tendría unos 4 añitos) mirándome fijamente y diciéndome: “Te pareces a la madrastra de Blancanieves”.

También creo que en los malos reconocemos a muchos que han pasado por nuestra vida: hay Gargameles por ahí, personas con un objetivo absurdo en la vida y que no disfrutan de nada; y hay Iznogudes que quieren ser califas en lugar del Califa: profesores que quieren ser director en lugar del Director, opositores políticos que quieren ser presidentes en lugar del Presidente, canchanchanes que quieren ser jefes en lugar del Jefe.

Nietzsche (sí, sí, a él también lo leí) decía que la bondad es lo propio de los esclavos. El bueno, el bonachón, es considerado un poco tonto, el no peligroso. Y es verdad que la bondad no es un valor de moda. Pero a lo mejor, lo que nos pasa es que, a pesar de las modas, nos consideramos buenas personas y nos alegra infinitamente que Gargamel, Iznogud y los Dalton nunca se salgan con la suya y que el mal no triunfe.

Al revés, desgraciadamente, de lo que muchas veces pasa en el mundo real. No hay, para comprobarlo, más que abrir la televisión y ver las noticias.

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me parece mentira ke para poder poner un chiringuito de castañas,para la comision de fiestas de un barrio te pidan darte de alta

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