Jardiel Poncela dijo que aquellos a los que les gustan los perros necesitan cariño y aquellos a los que les gustan los gatos necesitan amar.
En una casa como la mía en la que hay 160 palomas que pueden acabar siendo la merienda de un gato, parece que no necesitamos amar: gatos, no. Parece que más bien estamos muy faltos de cariño porque siempre ha habido perros desde que nos vinimos a vivir al campo. Una vez incluso tuvimos dos, Yan y Bol, llamados así en homenaje a Jumble, el perro de Guillermo el travieso.
Ahora tenemos a Pimpón (yo quería llamarlo Platón, pero los niños, con más sabiduría, mandan y ese es el nombre que nada más verlo le pusieron). Pimpón es un perro negro, de ojos vivos y bigotes marrones, feo como un pecado, tonto de condición y omnívoro de vocación: no sólo come todo lo que le echamos sino también los barrotes de madera de la puerta de la perrera y el encalado de los muros.
Hace poco leí que una famosa modelo se casaba vestida de Dolce&Gabanna, “igual que sus dos perritas”. En casa eso no pasaría nunca. En casa los perros viven como perros. No entran en la casa sino que disfrutan haciendo hoyos en la huerta, destrozando las plantas recién plantadas, esparciendo el cemento de un saco que, despistados, dejamos fuera, mordiendo balones y pelotas, haciendo caca en medio del césped y dejándonos el trofeo de un lagarto en la puerta. Como tiene que ser.
No entra dentro de mis deberes de jubilada pasear al perro por las tardes. Él se pasea solo. Lo que sí hacemos es jugar con él, sobre todo cuando vienen los niños, aunque, como es tonto, no aprende nada sino que se limita a brincar y a pararse repentinamente en una pose ridícula, ojos de loco y culo en pompa. Los niños lo adoran.
De vez en cuando le dan la lata a su madre para tener un animal en su casa (“¿Y un pez por lo menos, mamá?”) y ella siempre les dice que no es cuestión de dejar más animales en casa de los abuelos cuando ellos se van de viaje. Y eso que nosotros tenemos costumbre. Todavía me acuerdo del hamster que mi sobrino, de pequeño, nos dejó, con carteles por toda la casa, hasta dentro de la nevera, que decían: “Dale de comer al gánster”.
Y es que perros, gatos, peces, palomas, hamsters …, una vez que les abrimos las puertas de casa, ya son parte de la familia y nos cierran a su vez las puertas de nuestra libertad y de nuestra independencia. Aunque sean feos y tontos. Incluso aunque sean un “gángster”.
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta