Después de 4 años y 202 post, me mudo de casa… virtual. Ha llegado el momento de dejar el nido, este periódico digital, que tan amorosamente me ha acogido desde mi jubilación y emprender el vuelo en solitario. Ja, siempre he querido decir algo así. Hace que me sienta un Beatle después de Los Beatles, Ana Torroja después de Mecano, Sting después de The Police, Josema Yuste después de Martes y Trece.
En Tenerife tenemos, junto con los genes tinerfeños (de dudosa pureza, gracias a Dios), un profundo conocimiento de las clases de papas. Vamos, que somos como mi hijo que, de chico, no sé por qué extraña aleación de sus neuronas, otras cosas no, pero se aprendió todas las capitales del mundo. Yo le preguntaba, un suponer, la ley de Coulomb o el reinado de Isabel II, y él me decía: “Eso, no, pero pregúntame capitales que ya verás”. Pues aquí igual.
El martes pasado nos fuimos en plan chicas –mi hija, mi hermana, mi sobrina, mi prima y yo- a oír a una de mis periodistas preferidas, Nieves Concostrina, que nos divirtió durante una hora y pico con sus “Epitafios, entre el lamento y el sarcasmo”. Para los que hemos leído sus libros y escuchado sus programas, era encontrarnos y ponerle cara a un miembro de la familia que, además, no nos defraudó: lucidez y sentido del humor a manos llenas.
Hablaba hace poco mi compañero de blogfera, Miguel Feria, de lo orgulloso que uno se siente del “hágalo usted mismo” y de la idiota inmediatez, esa costumbre muy de hoy en día de no hacer nada que requiera tiempo, manos y paciencia.
Todo esto del rescate europeo (ah, no, perdón, rescate no: “línea de crédito para nuestro sistema financiero”) tendríamos que haberlo adivinado tiempo antes, concretamente desde que oímos que Rajoy se fue de puente de mayo familiar con la empanada gallega en un taper. Él no habla ni explica nada, pero hace las cosas “como Diosh manda” (aunque no sabía yo la categoría divina de Ángela Merkel). Y la cultura del taper (españolizando la palabreja) como medida frente a la crisis es algo que todas las madres –también la de Rajoy- inculcamos desde siempre a nuestra prole.
Emilia, una de mis mejores amigas de los tiempos de Colegio Mayor, siempre decía, cuando algo no respondía a sus expectativas: “Y total… chole”. Una vez que le pregunté que de dónde había sacado semejante palabra, me dijo que Chole era una tía de su novio. La tía Chole, que era soltera, sin hijos y muy rica, le pagó la carrera a su sobrino, alardeando, eso sí, siempre que podía, de su generosidad (¡Mecachis, qué buena soy!) Pero, cuando el sobrino terminó, le pasó la cuenta con todos los gastos y él tuvo que trabajar un año entero para poder saldarla.
Mi sobrino Jesús y su mujer Corina están trabajando ahora en Silicon Valley, cerca de San Francisco, y, desde allí nos tienen informados a toda la familia de la vida que llevan en Estados Unidos, de sus visitas a preciosos parques naturales (sin oso Yogui, por ahora), del eclipse solar que se ha visto este mayo por aquellas tierras, y, sobre todo, de lo embarazados que están, con una niñita en camino.
Este año, en que se hacen 200 años de su nacimiento, me ha dado por volver a leer a Dickens, y concretamente me lo estoy pasando pipa con “Oliver Twist”. Ya saben de qué va. Un pobre niño huérfano es criado en un hospicio entre palizas y miserias. Cuando, después de 9 años, huye, cae –de la sartén a las brasas- en la guarida de unos ladrones que quieren aprovecharse para sus robos de su cara angelical (que puede engañar) y de su delgadez (apta para pasar por postigos estrechos).
Es una verdad universalmente aceptada que en este mundo existen seres intimidantes y de gran personalidad –Hitler, la señorita Rottenmeier, mi profesora de Literatura de 6º, Napoleón, mi tío abuelo Cándido…-, ante los cuales uno se acoquina y se trabuca. ¿Qué podemos hacer para vencer el apocamiento que estas personas producen? ¿Cómo verlas como lo que son, hombres y mujeres al mismo nivel que el resto de la humanidad, con virtudes –hasta Hitler las tenía-, defectos y miserias?
El jueves pasado, en mi paseo mañanero, oí por la radio una entrevista a Amaya Ascunce, una periodista y bloguera muy simpática, a la que Planeta edita un libro titulado “Cómo no ser una drama mamá. Las 101 frases de tu madre que juraste no repetir”. Amaya ha acuñado el término genial de drama mamá, refiriéndose con él a todas esas madres que, durante toda la vida, te aconsejan, te reconvienen, te amonestan, con frases contundentes, siempre poniéndose en lo peor y echándole un poquito de drama a la cosa.
publicado el 13 Enero, 2012 en El Dia (0) comenta
publicado el 8 Diciembre, 2011 en La Opinion (0) comenta