Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur
Todos tenemos una isla desierta en la imaginación desde que leímos “Robinson Crusoe”, o incluso antes, con las islas del país de Nunca-Jamás que James M.
Me ocurrió este verano. Estaba tendida en la arena de la playa, después de un baño reconfortante en un mar que se estaba encrespando por momentos. Había bandera amarilla pero, por el lado de las rocas, estaba ya puesta la bandera roja.
Mi padre recordaba siempre una noche, de niño, en la que vio una lluvia de estrellas. Pero no una estrella fugaz ahora y otra más tarde, no. Era una verdadera lluvia, 20, 30 o 40 estrellas una tras otra en la noche quieta. Y, cada vez que lo contaba, los ojos le volvían a brillar con la ilusión de aquel que ha visto algo mágico.
“No hay parto sin dolor, ni hortera sin transistor”, decíamos antes, aludiendo a esos insufribles personajes que nos hacen compartir, a todo trapo, en playas y montes sus gustos musicales. Y a este sabio refrán yo añadiría: “Ni hay un viaje al extranjero sin su boda y su cortejo”.
Era una imagen habitual en mis tiempos muy mozos la de las lecheras por la calle con la cántara en milagroso equilibrio sobre las cabezas y, por supuesto, recibirlas en casa. Como quien dice, de la vaca a la taza. Recuerdo los cuencos de nata que mi madre recogía después de hervir la leche y los riquísimos resultados, unos bizcochones esponjosos que sabían a gloria. También recuerdo, eso sí, que, cuando las lecheras llegaban, mi madre, previniendo la picaresca que creo que era mucha, metía en la leche un aparatito que medía si le habían añadido agua.
La verdad es que, si la naturaleza hubiera querido que viviéramos en el mar, nos habría hecho con aletas, escamas, branquias y, lo más importante, con un cerebro a prueba de bamboleos de olas que vienen y van. Todavía me acuerdo de un viaje que hice a los 7 años, en el año 55, a la Bajada de la Virgen de La Palma, en uno de aquellos correíllos infames que hacían el trayecto desde Tenerife. Ahora que lo pienso, mira que mis padres eran noveleros.
Nietzsche, según mis alumnos, es un filósofo al que, de vez en cuando, se le iba la olla. Todavía me acuerdo una vez que uno de ellos, cuando yo les explicaba la teoría del superhombre, me dijo: “No sé, no sé, profe, pero a mí ese superhombre que ni vuela ni nada…”. Aparte de eso, el caso es que Nietzsche tuvo también muchos destellos de sabiduría que lo hacen uno de los filósofos más geniales que han existido.
Cuando le dije hace unos días a mi marido que hoy iba a escribir del Gran Tema de estos días, me dijo: “Pero si tú de fútbol no tienes ni idea, si no ves un partido entero desde aquella vez que fuimos a ver al Tenerife…”. Y tiene en parte razón: no veo un partido entero desde entonces, allá por los años 80 en que una era joven e influenciable.
“Porque me nace” es una frase que dicen mucho en La Palma y que va mucho más allá del materialista “porque me lo pide el cuerpo”, del borde “porque me da la gana”, del categórico “porque sí y punto”, del paternal (y maternal) “porque lo digo yo” o del grosero “porque me sale de allí”.
Se dice que, cuando te jubilas y el tiempo ya no tiene mucho sentido para ti, entonces van tus compañeros y te regalan un reloj. Y debe ser verdad porque, sin ir más lejos, a mi marido y a muchos amigos, incluyendo uno que se está jubilando ahora, se lo han regalado.
publicado el 1 Septiembre, 2010 en diariodeavisos.com (0) comenta
publicado el 28 Agosto, 2010 en laopinion.es (0) comenta
publicado el 21 Agosto, 2010 en elpais.com (0) comenta