Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur
Los pescadores andan regalando pescadillas por las calles para protestar. No les gusta el alto precio que adquiere el género cuando llega al consumidor, sabiendo a cuánto se lo pagan a ellos. El abandono del anonimato de un pez que conviertes en pescado se debe principalmente al tamaño del ejemplar, la particular lucha entablada en su captura, por ser el primero de la temporada, lo exquisito que estuvo en el plato o porque se regala con gusto o se vende a buen precio.
Pero los más renombrados no suelen ser esos. Quienes pasan a la microhistoria de los mareantes, y suenan en todas las conversaciones compulsivas y dilitantes entre cofrades, son esos bichos que quedan en el agua, aquellos sargos, meros, agujones, pejerreyes, marlines o atunes que en desesperada lucha saben dejarnos con dos palmos de narices y más rascados que el culo de un mono.
Los hombres de la mar, al ofrecer a manos llenas esas pescadillas, al lanzarlas al gentío como quien brinda grano a las gallinas, ponen nombre a todas y cada una de las piezas, y ya no sólo nadarán en su recuerdo y sus paliques de besugos, sino que también chapotean para siempre en la memoria colectiva.
Anoche me zampé un sargo, medio pejeverde, media galana, un palometón mediano y medio abade, con sus preceptivas papas guisadas aliñadas con aceite de oliva virgen y vinagre macho de producción casera. Y pese a que estaban buenísimos (no llevaban fuega del agua ni cuatro horas), no eran dignos de más mención que por aquello de ser producto de una mañana de pesca deportiva y pasto de una cena en compañía.
De los que sí querría hablarles, si fueran aficionados y pacientes, es de aquellos dos sargos cabrones que se me escaparon y de aquel monstruo que escupió el anzuelo con el desparpajo de quien ronda por ahí y ni te dice su nombre.
publicado el 20 Octubre, 2008 en noticanarias.com (0) comenta
publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
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