A la Villa por verano nos trae hijos dinamarqueses el VBMP, en un gesto tan hermoso como gratificante: dos canarios del continente más en ese choque frontal de tres semanas con un idioma, unas gentes, las rabietas y las otras circunstancias (8 y 10 años, chica y chico, que no sé como se dirá en Dinamarca).
Son producto de la industria turística, de una dinamarquesa que vino, trabajó en el Sur de Tenerife, conoció a un recepcionista nativo y lo supo arrastrar a sus tierras del Norte.
En sus ojos y entrecejos brilla la curiosidad, el deseo, el pasito atrás, la inocencia y la ternura de las criaturas sanas hasta de espíritu. Ellos están ahora en su particular exilio en lugares de su padre, con la madre lejos y por separado. Y están mejor, y bien avenidos, me confiesa el padre mientras conduce por el Puertro de la Cruz un coche de alquiler de esos de a 20 euros el día.
Hablamos de nuestro pequeño universo y de un mundo ajeno y extraño para ellos, que hacen suyo a cada paso, veces incluso hasta pese a la inicial reticencia de la más chica. Uno se quisiera meter dentro de sus cabezas y sentires para disfrutar del proceso, pero se conforma con imaginar mareas, barrancos y oleajes de percepciones.
¿Cómo verá un niño dinamarqués todo lo que circunda una comida familiar campestre de sábado con cabrito en la mesa?
Unos orotavensitos de Dinamarca preciosos, con poco español en sus lenguas y los morros cargados de crema solar seca y encostrada hasta ponerles caras de peluches. Madera, hay madera de futuro (aparte de carácter) en esos cuerpecitos y mentes de dos isleños del continente que ya han consumido una de las tres semanas de vacaciones con Papá en Canarias.
Y con abuelo Benito han ido a la huerta, a cuidar las papas, han aguantado los besos y achuchones de tropecientos desconocidos (aunque les asegurasen que eran familia o amigos) y han tenido que hacerse a nuestros hábitos, comidas, clima y parafernalias.
Los hijos de VBMP dan esperanza, como mis sobrinos, tus hijos, nietos y criaturas por venir. Y también se enfurruñan y sólo hablan dinamarqués para hecerle ver a su padre que están de carajera. Nunca llueve a gusto de todos, pero este suave posmear de niños que nos llenan los años sidos cala y empapa el entendimiento hasta apostar por la esperanza.
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