Suena el teléfono y dicen que murió un camello. Igual era dromedario peludo, de boca grande y dientes ennegrecidos y emergentes en la sonrisa, si es que estas bestias sonríen. Murió como mueren las bestias, solas en guarida perdida, sin familia que pusiera esquela o se encargara de su osamenta.
Murió el camello pardo, aquel de extremidades largas y potentes, de cabeza grande y más largo cuello, que a pasos agigantados lanzaba sus patas al camino. Pacía por Los Realejos, por el Toscal-Longuera, por el Valle todo y por los antros del camino viejo de la Villa de Arriba; donde tenía guaridas y enterramientos, que más muertos tiene el camino.
Al camello, aunque uno le eche de comer, le de leña con la fusta, la vara o la caña, camina a su aire, babea lo suyo a su ritmo y da aspavientos, rehúsos y reculadas. Es animal bravo, terco, veces trabajador, veces cabezudo-tozudo y remolón.
Un poema de un autor canario brinda a la literatura el coito del camello y la camella en el parque nacional de Timanfaya, los bramidos, embistes y jadeos llenan la noche y como vía láctea, el esperma llueve en la camella matriz al tiempo que cuatro estrellas fugaces deslindan el cielo, los cráteres y el horizonte.
Murió el camello y no de viejo, dejará de cargar sus bolsas, está en el cementerio. Descanse en paz
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