Tenerife / Los Rodeos
Tenerife Sur
Anoche tuve un sueño, y no era un sueño de grandeza ni un onírico despertar a un mundo mejor para toda la humanidad. Anoche soñé (sin la bendita ilusión) que aparecía en el Teide nevado con Julio Mena y pernoctábamos en algún chalé de Las Cañadas y amanecíamos con el jolgorio de una cuadrilla de opararios que iba a quitar la nieve de la carretera para que los domingueros pudieran llevar a sus hijos a comer tortilla y deslizarse sobre plásticos por las níveas cuestas de Montaña Blanca.
Entrecortado sonaba a lo lejos y a lo largo de todo el sueño el maullido de un gato allí en El Teide. Por la mañana, ya no en el onírico pasaje, sino en la cruda realidad de después del despertador, supuse que soñé con El Teide por la conversación de ayer con mi majorero preferido, Pedrín, que criticaba que los canariones le sacaran punta a la campaña publicitaria institucional en que catorce palmas (manos) boca abajo, juntas por las puntas de los dedos, forman siete islas, para algunos siete teides. Mi majorero preferido, Pedrín, presidente de varios clubes deportivos a la sazón, se tomaba muy deportivamente la poca visión regionalista de los grancanarios, que no querían ver un pueblo sino una chulería paulina y ática más con el dinero público.
En el sueño, entre maullidos y Jiménez Losantos (que dejo la radio encendida para que la Cope guarde y santifique mis noches), se cruzan mis amigos gomeros Eugenio y Carlos el del Hospital, imagino que por aquello de que descubrir hermanos en las islas me hace ponerlos juntos en el subconsciente, de la mano y luego en fundido abrazo, o será por lo de que los tengo más que invitados a ver el Teide nevado.
Ya en el coche, tras el maullido del despertador, piso el acelerador y avanzo quinientos metros entre que meto la primera y la segunda, y el maullido del gato de toda la noche me sigue. No puede ser. Piso el freno, busco con la vista en el interior del vehículo... Nada. El maullido sigue. Pongo el freno de mano y tiro de la palanca que propicia la abertura del capó. Sorpresa, sorpresa. Un pequeño gato negro legañoso, ileso y asustado, no más grande que una rata chica maulla sobre el tanque del líquido de freno. Lo cojo, doy marcha atrás y la vuelta, y lo encomiendo a los receptivos brazos de la vecina que, maternal, se hace cargo del minino de mis sueños, más real que la vida misma.
publicado el 20 Octubre, 2008 en noticanarias.com (0) comenta
publicado el 18 Noviembre, 2008 en elmundo.com (0) comenta
publicado el 13 Noviembre, 2008 en laopinion.es (1) comenta
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