por Andrés Gutiérrez Duncanson
Ambiente hay, velas al viento, parapentes al aire y tablas sobre la mar. En la arena, un batallón de turistas y aficionados se tuesta al sol al tiempo que los regatistas luchan por un trozo del pastel: 180.000 euros en premios.
Va a ser que uno deje este asunto y se anime a ponerse el traje corto de neopreno y trate de meterse en el mundial de windsurf para buscarse la vida. Igual acaba acompañado de peludos rubiancos, con una furgona guapa con burra y tablas atadas al techo y un esponsor de tres mil pares de euros a los seis días.
O va a ser que no, que se quede uno donde está, los vea venir una vez al año y añore once meses un despacho en las arenas de la Playa de Sotavento de Jandía. O igual se suma a la rueda del mundial y acabe recalando en las olas y vientos de cualquier recóndito ricón del Pacífico.
Lucen las aguas, encandilan las velas, flotan los pelucos de tíos y tías y el gentío, en plan hormigueo, se desplaza a ratos y brinda instantáneas lindas y propicias para un poster promocional.
Ir de 'nuevo' por la vida o por un evento de esta naturaleza es gratificante, te hace descubrir y descubrirte; brindar y brindarte. Aquel dijo aquello de voy a meter la mano en el agua, en busca de naranjas, cosa que la mar no tiene, porque la esperanza lo mantiene.
Brinda la tarde una sonrisa, la de un niño practicando kitboarding en un simulador. Salud.
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