Si el herreño va a todas partes con su trapera a la espalda, el majorero utiliza la petaca. La trapera suele ser de lana virgen cardada e hilada en un telar tradicional. La mía, toda una joya artesanal, fue un regalo de doña Fernanda, la mujer más buena del mundo, incluso mejor que mi abuela paterna, doña Concha, a quien se le atribuía un sistema propio para contar perras, reales, perras chicas y hasta pesetas, que algunas cuentas en la venta de la calle del Calvario se abultaban hasta la rubia.
Como digo, la trapera o mochila herreña guarda mis ropas de mago (los del norte nos sabemos magos sin complejos, con la socarronería y sabiduría que el Andrés Chaves no podría reflejar en mil libros de El mago y su sobrino, El mago y su cuñado, y El mago y los parientes de quien cuenta esos relatos de más de veinte euros en el Corté Inglés para los chulos y chulas de la capi o no).
Pues, como digo y redigo y no acabo de decir, la trapera de El Hierro me la regaló doña Fernanda y a doña Pancha le cambié las tiras o cordeles, por los que se espeta y sujeta a la espalda, por una salema grande (allí las llaman doradas), sacada frente al Pozo de la Salud, en Sabinosa. Otro día hablamos de las aguas del pozo, que hasta le han encontrado trazas de heces fecales, se supone que de las minas de los inmuebles que Padrón ha dejado hacer por allí sin tono ni concierto.
Pues eso, que no acabo de contar el cuento, como diría abuela Concha. Pues la petaca es otro tipo de mochila, que los pescadores majoreros llevan a la mar para portar sus aparejos y enseres, aparte de servir para portar lapas, burgados, pejes y mejillones (ahora no, no olviden que está prohibido).
La particularidad que tiene mi petaca, que es de cogollo de palmera, preciosa, grande y hecha por las manos sabias de una gran sacador de viejas al estilo de siempre, es que iba a ser un regalo, pero era un regalo tan bueno que no pude menos que ofrecerme para pagar la deuda que supuso su aceptación.
Cinco cañas rajadas mandé al artesno, a ver si con esta primera entrega veía buenas intenciones en el receptor de su petaca. Luego, pensé aprovechar un viaje a la isla picuda y, con la luna menguante, arrancar junco, majarlo y coserle un balayo, una panera, un frutero o un joyero para su señora esposa.
Pero uno propone y la agenda de fin de semana dispone. Me fue imposible ir a Masca, a una junquera más cercana y menos disponer de tiempo para majar el junco no arrancado. Entre las piezas que me quedan en el piso pipiado (pipiolado para el conejero Emiliano Melgarejo) había una sencilla pero grande, en la que se puede apreciar perfectamente la pericia del artesano que llevé dentro hace tiempo, cuando la juventud y el derroche del tiempo iban de la mano. Es una mezcla entre una panera, una ensaladera y un frutero.
Hace unos días la hice llegar al majorero artesano de la pesca y la palma y la empleita. Y al parecer será su esposa quien disfrute de su uso. El tiempo no pasa por uno como por el junco. El junco pierde color rápido después del majado, pero uno se arruga antes, que cuando lo coses y aprietas con fuerza los puntos se consolidan y compactan por años si lo mantienes a la sombra. Y uno, como está más que claro, no aguanta mucho a la sombra a no ser que sea forzado.
Una pieza única, dos piezas únicas, tres piezas únicas: una petaca, una trapera y un balayo de junco majado. Tres piezas que el devenir del tiempo hizo que se encontraran en la FuerteAventura y en el blogexilio, lugares ambos idílicos en los que darnos un baño de artesanía a punto de extinción.
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