Ya les llegó, en un momento inesperado: unos volviendo de vacaciones, otros
empezándolas- más de cien historias han quedado al descubierto- pero casi todos
ilusionados por el viaje. Dejaron desconcertados primero y
desesperados después a los que los despedían y recibían, en ese reparto de
papeles que vemos a diario en los aeropuertos de todo el mundo; de fondo una
pantalla con un hueco: ni llegada ni retraso.
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Hace un par de años en un un viaje a Las Palmas organizamos una
cena con amigos a los que no veíamos desde hacía mucho tiempo: entre dos años y
medio y veinticinco años. A pesar de eso fue como si el tiempo no hubiera
transcurrido; me resultó muy raro oír a mi amigo Vicente hablando de los
problemas escolares de su hijo, porque la última vez que nos habíamos visto
éramos solteros y muy jóvenes y nuestras preocupaciones eran otras. Pero la
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A veces la isla nos agobia (al fin y al cabo es un encierro) y entonces es gratificante y reconfortante mirar hacia fuera, al mar. Un paseo hasta Machado, en El Rosario, pasado El Tablero, es ideal en estas ocasiones. Lleguen hasta la iglesia de Machado (la ermita del Rosario), disfruten todo el entorno y después asómense al precioso y cuidado mirador de la ermita: verán cómo se ensancha el panorama y descansa la vista.
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Cuando lo prueben repetirán. No tiene nada que envidiar a ningún otro lugar. Si quieren darse un lujo total, salgan una mañana hasta la playa de La Arena de Santiago del Teide, pasado Alcalá. Comprueben antes que la marea es buena ese día para darse un baño, porque la playa es un poco peligrosa con marea alta. Al llegar pueden ir directamente al Restaurante Pancho, a reservar una mesa al borde de la playa, y luego a darse un buen baño (hay un pequeño balneario para cambiarse después).
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Yo elegí vivir aquí y me gustó siempre el invierno de La Laguna, pero cuántas veces lloré en los primeros años cuando llegaba julio y seguían los días grises con llovizna y niebla, como si estuviéramos otra vez en otoño. Parecía que el verano no iba a llegar nunca. No estaba acostumbrada y me pesaban esos días en el alma. Hasta que descubrí que traen sorpresa: se resuelven en azules mañanas deslumbrantes que no encuentras en ningún otro sitio. Así que, hasta que lleguen, a disfrutar del fresco.
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Una de las ventajas de vivir en una isla es que casi desde cualquier punto puedes disfrutar de unas vistas espectaculares, muchas de ellas sobre el mar. Hoy estamos en La Garañona, en El Sauzal, un mirador sobre la costa que por temporadas está bastante descuidado. Cuando vienen amigos de fuera siempre los llevo y, si está funcionando la cafetería que hay al fondo, resulta muy agradable tomar un helado o un café en la terraza. La pena es que últimamente la encontramos siempre cerrada.
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A todos nos ha pasado alguna vez: de repente un olor, una melodía, una imagen nos devuelven un momento del pasado. Hoy fuimos a cenar a La Papaya, en el Puerto de la Cruz, y al sentarnos en una mesa del patio de repente volvimos a los ochenta. Pedimos el menú de aquella época: gambas al ajillo y solomillo a la pimienta y una botella de Cune. De golpe volvieron las largas veladas con Luis y Margarita, hablando de lo divino y lo humano, las madrugadas en la Habanera y en la Bodega de Mario, la música de los Guayaquís y de Santiago y Tino, los cubalibres,...
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Yo también nací del otro lado como Braulio, pero me quedé, como muchos otros canariones, enamorada del aire fresco que me recibía en Los Rodeos al bajar del avión, de los montes verdes y de La Laguna. Mi intención es quedarme aquí también y traigo mi equipaje para ir colocándolo poco a poco en este blog. Como presentación me parece que Braulio dice mejor que nadie lo que siento por esta isla donde está ya mi vida.
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